Los dos rechazos (con sus consecuencias y repercusiones)

Bien pronto se despertó en mí un imperioso interés por el orientalismo y la espiritualidad.

No obstante, la religión en sí, tal y como la entendemos y está estipulada, es decir, religiones organizadas y de práctica masiva, jamás despertó el más mínimo interés en mí, aunque me acerqué a ella como fenómeno sociológico, de la misma forma que me acerqué a la filosofía, la política, las artes o la ciencia. Todo ello, sin duda, inventos humanos a los que nos adherimos y que acaban absorbiéndonos por completo, para deformar nuestras percepciones, así como cogniciones, especulaciones, interpretaciones. ¿Alguien podría permitirse afirmar que su posición es la correcta a ciencia cierta, de manera inequívoca? Y sin embargo, todos actuamos, pensamos, hablamos y defendemos a capa y espada nuestra posición, da igual si es religiosa, filosófica, política, artística o científica. La mayoría hablamos con la seguridad y certeza... del que no tiene ni puta idea.


Los dos rechazos, decía el título de este post.

Pasé mi infancia en la inopia, es decir, en un estado de inconscienciación tan grande que no tengo recuerdo alguno. Es literalmente como si no hubiera pasado. Según me contaron años después ex compañeros del colegio, parece ser que siempre estaba riendo. Era el claro ejemplo de la espontánea felicidad surgida de la ignorancia.

La adolescencia fue otro asunto diferente. Aunque seguía con la misma tendencia inconscienciada, al parecer desarrollé una forma indiferente de estar en el mundo y existir. No me identificaba con nada de lo que me circundaba. Aunque al principio del blog lo identifiqué con apatía, en realidad sería un eufemismo para intentar acercarme al estado anímico en el que me encontraba. Más bien fue lo que quisieron ver en mi entorno familiar, preocupándose por mí, pues ante cualquier cuestión hipotéticamente seria y que debería tener una respuesta firme, contundente, posicionada con claridad (como el momento aquel en el que mi madre me preguntó qué opinaba sobre el suicidio de un adolescente con mi edad), mi ausencia de respuesta explícita supuso encogerme de hombros. La solución fue llevarme a la psicóloga del colegio, Alicia Beneyto. Su conclusión: tenía un gran potencial que antes o después saldría, pero me encontraba metido en una especie de caparazón.


Siempre me ha sorprendido la psiquiatrización-psicologización de la vida cotidiana en Occidente, de la cual soy bastante escéptico. Nunca me ha convencido y solo me genera dudas. Más todavía teniendo en cuenta mis experiencias ya citadas con la psicología clínica durante la adolescencia y las desproporcionadas pero dolorosas experiencias con la infundada psiquiatría (a mi parecer) ya en la adultez, que me generaron un sufrimiento innecesario hace 18 años y de las que también hablé al principio de este blog, donde tres psiquiatras fueron incapaces de ponerse de acuerdo sobre mi cordura o locura. Aunque eso no significa que niegue su utilidad. Hay casos y casos. Cada persona es un mundo y una circunstancia. También cada persona tiene su nivel de conocimientos, comprensión y necesidades. No obstante sigo dudando de ambas opciones, pues me parecen subjetivas e infundadas. ¿La psicología clínica ofrece algo más que interpretaciones subjetivas sobre nuestros estados mentales y emocionales? ¿Qué es e implica tanto un diagnóstico psiquiátrico como un tratamiento psicofarmacológico? A mi juicio tanto la psicología clínica como la psiquiatría es el problema con el que tropieza la ciencia cuando llega a los límites de su metodología. ¿Cómo cuantificas de manera tangible el intangible comportamiento humano? ¿Qué es cordura y qué es locura? ¿Se puede cuantificar la cordura y la locura de manera objetiva e inequívoca para todos por igual o solo son una serie de convenciones sociales? ¿Está cuerdo o loco Donald Trump? ¿Es cordura o locura la mercantilización de la vida cotidiana, sin alternativa posible? ¿Es cordura o locura un mundo donde unos pocos acaparan toda la riqueza y miles de millones se reparten las sobras? Por tanto... ¿Un diagnóstico psiquiátrico es verdadera enfermedad-trastorno mental o solo se trata de una serie de convenciones inventadas por la APA (American Psychiatric Association) y plasmadas en los DSM (Diagnostic and Statitical Manual of Mental Disorders)? Si la psiquiatría pretende ser una ciencia (pues se presenta como tal)... ¿En qué parte estropeada del cuerpo residen todas y cada una de las enfermedades-trastornos mentales? Porque si todavía la ciencia no sabe si la mente existe como entidad intangible o es solo un epifenómeno de la actividad cerebral... ¿Qué hacen los psicofármacos actuando sobre el cerebro y manipulando los centros dopaminérgicos y serotoninérgicos? ¿Lo que trata entonces la psiquiatría son enfermedades neurológicas que están bien localizadas en el cerebro? ¿Las psicopatologías son, entonces, trastornos cerebrales que afectan a los centros dopaminérgicos y/o serotoninérgicos? Porque si no es así (como no hay evidencia de que lo sea)... ¿Acaso no será la psiquitría otra pseudociencia más de tantas? ¿Existen las psicopatologías o son una creación de la psiquiatría, con sus diagnósticos subjetivos y los tratamientos psicofarmacológicos crónicos para calmar, reducir, controlar o neutralizar a las personas incapaces de funcionar correctamente arreglo a los estándares de la sociedad? Si los psicólogos y psiquiatras se benefician económicamente de su ejercicio profesional, como todo el mundo hace... ¿Ayudan a solucionar el problema o solo forman parte de él?


La única verdad objetiva sobre mi ser que nadie supo ver (hasta que conocí a mi mujer y convivimos 24/7 durante una década) más allá de las preocupaciones familiares distorsionadas y los intentos por psicologizar primero y psiquiatrizar después mi inclasificable modo de operar, es que siempre he sido, desde mi más remota infancia, una persona altamente sensible (PAS). Se trata de un rasgo de personalidad caracterizado por alta empatía ("absorber" emociones ajenas, sintiendo con intensidad la alegría, la tristeza y la injusticia en especial), fuerte sensibilidad sensorial (reacciones intensas ante estímulos como ruidos, luces, olores o texturas), procesamiento profundo (reflexionar con intensidad sobre la información y las situaciones), saturación (sentimientos abrumadores ante mucha carga, en especial de trabajo), creatividad e intuición, así como tener dificultades con las críticas, tomándoselas a nivel personal y sintiéndose culpables.

Llegó la juventud sin darme ni cuenta y aquí es donde cambiaron las tornas radicalmente. El despertar de mi afición por el boxeo heredada de mi padre (como sucede con la mayoría de aficionados) a los 17 años de edad, me ayudó a insensibilizarme un poco y así poder operar mejor en la realidad cotidiana. Dos años después dejé el boxeo para iniciarme brevemente en las artes marciales. Medio año después las abandoné tras descubrir el budismo y paralelamente el naturismo. Con solo 20 años de edad me dedicaba a la meditación sentado, la proyección astral y el vegetarianismo. Me dejé crecer la barba y me convertí en el ratón colorado, el perro verde, el bicho raro. Un año después dedicaba mi vida a la práctica de hatha yoga, pranayama, mantra yoga, raja yoga, bhakti yoga y karma yoga. Al año siguiente me sumergí en la práctica intuitiva de kundalini yoga, al estilo Gopi Krishna, sin gurú, orientación ideológica ni metodología. Entonces fue cuando exploré por primera vez los límites de la cordura y la locura, es decir, de las convenciones sociales en Occidente, sin drogas y con ellas, mirando siempre en el interior de cualquier abismo, brecha, oscuridad, profundidad... a través de lo marginal, la contracultura, la literatura, el cine, la música, la escenificación performativa.


Aunque el orientalismo siempre fue mi hogar sin duda, ese afán devorador por obtener conocimientos teóricos y experiencias prácticas me llevó a explorar el esoterocultismo occidental, unión conceptual que uso, en forma de neologismo propio, para catalogar al esoterismo y al ocultismo, dos aspectos heterodoxos del fenómeno religioso y la espiritualidad que, a pesar de presentarse como cosas distintas, comparten suficientes características como para ser aunados en un solo concepto, en mi opinión.

El esoterismo no suele tener una definición metodológica consensuada. Se especula que son una serie de conocimientos internos y en cierta medida "ocultos" (a ojos vista), inherentes a cada tradición religiosa, basados en creencias heterodoxas derivadas de las ortodoxias religiosas a las que pertenecen, llamadas, por contraposición, exoterismo, desarrollando para ello toda una serie de enseñanzas, prácticas y ritos que suelen reservarse a un conjunto minoritario de personas iniciadas, adscritas a los dogmas de fe de las corrientes religiosas mayoritarias a las que pertenecen y de las cuales derivan, siempre en tensión y a medio camino entre la aceptación y el rechazo, por parte de las ortodoxias. En realidad el esoterismo no encaja con esa definición romantizada de lo que quisiera ser. Objetivamente hablando se trata de una serie de creencias, enseñanzas y prácticas accesibles a todo el mundo y que cada personaje que reclama el concepto, lo define, inventa y desarrolla a su manera, por tanto, se trata de un significante vacío que cada cual llena según su interpretación subjetiva, aunque a finales del siglo XIX la influyente cofundadora de la Sociedad Teosófica, Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891) redefinió el concepto de tal manera, que ha influido a la mayoría de los autores y autoproclamados maestros espirituales occidentales que lo han reclamado desde el siglo XX. No obstante, desde finales del siglo XX han surgido toda una serie de estudiosos universitarios que están acotando el estudio académico, serio e imparcial del esoterismo, de manera diferente y esperanzadora, más allá de las doctrinales afirmaciones subjetivas infundadas.


El ocultismo, en cambio, es mucho más fácil de entender y explicar: se trata de un invento llevado a cabo a mediados del siglo XIX, en Francia, por el mago ceremonial, cabalista dudoso y escritor francés Alphonse Louis Constant (1810-1875), más conocido por su pseudónimo literario hebreo Eliphas Lévi Zahed. La idea leviana del ocultismo consistió en la pretensión de Constant por asociar las ciencias ocultas con los movimientos ideológicos de moda en aquel entonces, como el romanticismo a nivel artístico o el socialismo a nivel político (movimiento al que perteneció Constant antes de reconvertirse en mago ceremonial y cabalista de renombre, aunque todo ello fuera, al igual que el ocultismo, una invención especulativa de cosecha propia y sin fundamento alguno). Ciencias ocultas era el nombre que en el medievo recibieron ciertas disciplinas protocientíficas del conocimiento, destacando la magia, la astrología y la alquimia. En el renacimiento fueron renombradas como filosofía oculta. Constant lo reinterpretó todo, después de haberse abandonado durante la ilustración estas disciplinas, a favor de la ciencia, para volver a ellas, con un trasfondo derivado del hermetismo también renacentista, aunque reinterpretado, como sustrato ideológico. De esta manera, Constant sentó las bases de una ideología sincretista, pero totalmente descontextualizada y moderna, sin relación alguna con misterios ni sabidurías ancestrales (leyendas de perpetuación, en realidad), como se pretendía, poniendo los pilares iniciales que dos décadas después usaría Blavatsky para pervertir, alterar y descontextualizar todavía más el ya popular "ocultismo", asociándolo con temáticas y tradiciones ajenas y muy mal entendidas, en superficialidad doctrinal espuria.

Y... ¿qué tiene que ver todo esto con los dos rechazos de los que habla el título?

Sinceramente, no tengo ni la más remota idea.

No obstante, vayamos al quid de la cuestión.

Aunque no lo entendería, intelectual y conscientemente hablando, hasta transcurridas unas décadas, frisando ya la cincuentena, desde bien pronto tuve intuitivamente claros, sin mediación intelectual, los dos rechazos.

El primer rechazo es el rechazo a la creencia en cualquier concepción de divinidad o deidad (dios, dioses y diosas).

El segundo rechazo es el rechazo voluntario y consciente a la procreación (tener descendencia).

Los dos rechazos se presentaron como algo intuitivo pero inequívoco desde bien pronto. Evidentemente eso no era suficiente y necesité indagar en ello transcurrido el tiempo. Las presuntas e hipotéticas "respuestas" llegaron en la plenitud de la madurez, meses después de cumplir los 42 años de edad. Esas hipotéticas "respuestas" en realidad no lo son, tratándose más bien de especulaciones subjetivas sin corroboración ni fundamento alguno. A pesar de ello, las he puesto a prueba, estando en cuarentena durante los nueve años transcurridos. Hoy ha llegado el momento de exponerlas, tras aclarar que solo se trata de especulaciones infundadas.


Desde bien pronto me sorprendió una de las creencias religiosas más ubicuas y menos cuestionadas en gran parte de la que probablemente, a mi juicio, sea la primera (o una de las primeras) manifestación autóctona y característica de la existencia humana: el fenómeno religioso o la creación artificial de religiones organizadas, con la intención de implementar una práctica devocional socializada, masificada, legislada. Esa creencia es la posición y/o afirmación teísta, es decir, postular la existencia de una entidad ontológica y metafísica superior, catalogada, o mejor dicho, fantaseada como divinidad, deidad. En mi caso, desde bien pronto intuí y sentí que la posición y/o afirmación teísta estaba equivocada. No tenía base ni fundamento defendible alguno, por tanto solo quedaba la aceptación incondicional acrítica, llamada fe. Y mi proceder no fue nunca tener fe, todo lo contrario. Necesitaba indagar, conocer, comprender. En mi opinión, cuando tenemos la mínima curiosidad intelectual y ejercemos esa función cognitiva, la fe se tambalea y queda al descubierto como lo que es: respuesta fácil, rápida y unificadora, para calmar ansiedades, temores y terrores derivados del funcionamiento peculiar de la psique o mente (sea eso lo que sea, si es que es) humana.

La aplastante mayoría de personas interesadas por la religión o en su defecto la espiritualidad, especialmente occidentales (aunque también orientales) muestran una muy automatizada creencia en alguna concepción de divinidad o deidad, a veces con matices, a veces sin ellos, excepto las que se identifican con el budismo y poco más. Supongo que, al nacer y crecer en una sociedad occidental como España, anclada a una concepción cristiana católica bastante obsoleta a mi parecer, enseguida desarrollé un interés fascinado por el budismo. A las personas que, por el contrario, no tienen ningún interés religioso ni espiritual y rechazan la fe, es decir, la posición y/o afirmación teísta, parece ser que su tendencia inercial es el ateísmo laico, principalmente de corte materialista, lo cual no deja de ser sorprendente, pues también se vuelve una especie de ideología sustitutoria.


Según lo que he podido observar y arreglo a las provisionales conclusiones que he llegado, la fe como posición y/o afirmación teísta es una herencia social condicionada y condicionante que se desarrolla por asimilación automatizada en inconscienciación, desde la infancia, denotando nuestra internalización del contexto tradicional establecido y la limitación cognitiva que, a partir del posicionamiento estancado, será muy difícil salir, cuestionar y/o modificar. Mi especulación principal va en una dirección: las creencias religiosas (al igual que cualquier creencia) son una deformación de la psique o "cuerpo mental". Esa deformación delimita y condiciona todo nuestro sistema subjetivo de creencias, que consiste en una cartografía interpretativa de la realidad para orientarnos existencialmente, dándole sentido y significado a nuestra vida, es decir, una identidad personal con la que nos autoidentificamos. El problema reside en que esa identidad se convierte en aquello que creemos ser, por tanto cada parte y/o elemento que conforma esa identidad se vuelve inamovible, intocable, inmutable. Y las religiones (cualquier religión) son muy condicionantes porque se transmiten como incuestionables verdades absolutas (cuando solo son especulaciones subjetivas infundadas que derivan en creencias) sin implementación de lo más importante para el conocimiento humano: sistemas de revisión y autocorrección.

Por el tiempo, tras mi autoiniciación en el estudio y la práctica del orientalismo y la espiritualidad, me sumergí en la exploración de la posición y/o afirmación teísta. Al parecer, mis intuiciones se fueron confirmando, a medida que profundizaba en la autoindagación: en ningún lugar de mi interior, de la naturaleza, incluso del universo, existía evidencia alguna de divinidad ni deidad. Entonces empecé a ver las características antropomórficas inherentes a cada concepción divina. Mis investigaciones autodidactas me llevaban, cada vez más, a una conclusión subjetiva pero inequívoca: la concepción de divinidad o deidad es una invención inherente a los humanos, que básicamente refleja un aspecto también humano: la proyección del yo, ego en latín. Para llegar a esa conclusión tan arbitraria y especulativa como cualquier creencia religiosa, incluyendo, principalmente, la posición y/o afirmación teísta, hice un estudio comparativo de todas las religiones teístas, es decir, que todo su cuerpo doctrinal se fundamenta en la hipotética existencia de la divinidad o de deidades.


A partir de ese momento, la posición y/o afirmación teísta adquirió una nueva dimensión mistérica a explorar: la creencia en dios (o dioses y diosas) actuaba, a mi juicio, como un velo distorsionador que atrapaba la conciencia de los creyentes en una devoción, cuya verdadera finalidad era sostener, de manera inercial, todo el negocio de la fe, impidiéndoles ir más allá y descubrir verdades metafísicas más profundas. Porque la intuición me sugería que la posibilidad de poder descubrir verdades metafísicas más profundas adquiría cada vez mayor plausibilidad. Ahora faltaba poner a prueba esas sospechas intuitivas y ver hasta dónde eran capaces de llevarme, si es que me podían llevar a algún sitio (pues también podría ser que me equivocara estrepitosamente y la posición y/o afirmación teísta estuviera acertada y la cuestión sí se redujera a la existencia real de la divinidad o deidad como explicación final). 

Entonces tropecé con el escollo principal para seguir profundizando en la autoindagación: la estructura operativa condicionada del sistema de creencias, a través del cual todos funcionamos. En este aspecto me di cuenta de que el budismo, a pesar de su renuncia atea a la posición y/o afirmación teísta, generaba el mismo tipo de estructura operativa condicionada, cual religión sistemática organizada que somete a sus devotos al mismo tipo de aceptación incondicional de un sistema dogmático de creencias. Pronto descubrí (sin buscarlo ni esperarlo) a Krishnamurti y él fue precisamente el único (el único, literal) que me ayudó con el aprendizaje que, transcurridas tres décadas, considero más importante de toda mi vida, pues sin ese aprendizaje cognitivo no hubiera llegado a nada más que sucumbir ante una foucaultiana estructura de saber-poder: religión (por mis intereses espirituales), filosofía (por mis intereses intelectuales), política (por mis intereses sociales), científica (por mis intereses racionales). Krishnamurti me ayudó a desarrollar la duda y el cuestionamiento socrático ante cualquier idea, especulación, incluso evidencia derivada de un consenso entre seres humanos. Y la mayor fantasía creyente de nuestra especie, la divinidad o deidad, bien reproducida en estado de inconscienciación afirmativa (teísmo), bien reproducida en estado de inconscienciación negativa (ateísmo), quedó en un estado nebuloso de sospecha durante dos décadas. La sospecha era cada vez más elocuente: se trataba de una invención humana; tal vez, viendo los resultados y comportamientos de mis congéneres (tanto a favor como en contra) a lo largo de la historia, la más condicionante de esa historia.

Entonces llegó la pregunta inevitable y que podría tener respuestas satisfactorias (o al menos orientativas): la idea de divinidad parece ser una constante en las creencias más ubicuas de la historia, pero... ¿siempre ha sido así? ¿Qué pasó en la insondable prehistoria? Porque si la divinidad o deidad es una realidad externa e independiente al ser humano (como afirman las religiones teístas), debería haber existido e hipotéticamente manifestado desde el principio de los tiempos, al menos a mi reflexivo parecer. ¿Podríamos encontrar indicios de la existencia divina en la prehistoria? Y así fue como llegó un planteamiento crucial en algún momento de 2017 que no recuerdo, a través de la tercera edición revisada de un libro que supuso un significativo punto de inflexión en mi vida e investigaciones autodidactas: LA CAÍDA. Indicios sobre la Edad de Oro, seis mil años de locura y el despertar de una nueva era (Ediciones La Llave, Barcelona, 2008). Aunque se publicó la primera edición originalmente en 2008, mi edición era la tercera revisada, de 2016. Este magnífico libro del psicólogo británico Steve Taylor no dejaba pie a la duda: la divinidad o deidad era una creación humana artificial y que no rebasaba los 6.000 años de edad, es decir, el comienzo de la historia. Casualmente (o no) Taylor argumentaba que la concepción de divinidad nació junto con el acontecimiento llamado por él "la explosión del ego" (una concepción individualizada del yo que en la prehistoria no existía, según su parecer), cuyas consecuencias son: la guerra, el patriarcado (dominio sometido de la mujer por parte del hombre), la desigualdad y la destrucción medioambiental.


Desde el acontecimiento vivido el domingo, 17 de septiembre de 2017 y que catalogué como 'La Senda de Iniciación a los Misterios de la Presencia', la posición y/o afirmación teísta quedó como el velo mayor, a nivel mistérico, que impide llegar a las dimensiones más profundas de la autoindagación. Por eso, para alcanzar especulativamente la "liberación definitiva", primero era necesario renunciar a este velo mayor, que sostenía todos los otros velos menores, manifestados a través de la estructura operativa del condicionamiento. Por eso, cualquier concepción de divinidad actúa, arreglo a una especulación subjetiva de cosecha propia, derivada de mis investigaciones autodidactas, como el condicionamiento programante-estructurante que vela la posibilidad de alcanzar la "liberación definitiva". Su rechazo obviamente no es suficiente por sí mismo, pero representa un esperanzador primer paso en el camino a esa presunta e hipotética "liberación". De ahí que luego venga el segundo rechazo.

Y este segundo rechazo ya no es tan sencillo ni fácil de implementar, a pesar del apego condicionante que genera el primero, pues afecta a lo más importante de la vida humana: su continuación. Porque el segundo rechazo implica finalizar con esa continuación. ¿Puede haber algo más significativo para el colectivo humano que la continuidad de la especie? Me da la impresión de que se trata del acto más inconscienciado, si cabe, de todos los actos inconscienciados (casi todos en mi opinión) que llevamos a cabo durante nuestra vida. ¿Por qué procreamos? ¿Para qué procreamos? ¿Alguien se lo pregunta? Según mi opinión no se trata de una pregunta cualquiera, más o menos interesante, sino la única pregunta objetivamente importante que nos podemos (y nos debemos) hacer. Porque quien no se hace la pregunta, al parecer procrea por inercia, impulso biológico automatizado. Pero procrear no es un asunto baladí, sino el más significativo que llevamos a cabo en nuestra vida, debido a toda la serie de consecuencias que acarrea, no solo para nosotros como progenitores, creadores-facilitadores de una nueva vida humana, sino para nuestra descendencia. Porque tener descendencia es el acto político y social más evidente, pues implica una inequívoca declaración de intenciones: la continuidad de todo lo establecido. Según yo lo veo, procrear es estar de acuerdo con lo que hay de manera implícita. Pero... ¿alguien se pregunta por y es consciente de todas esas implicaciones?

A pesar de las presuntas respuestas favorables que dan las religiones a la vida y la hipotética importancia de su continuidad (de hecho, al menos hasta donde conozco, todas son favorables a la procreación y la continuidad de la vida, sea en las circunstancias que sea, negando cualquier posibilidad de aborto y/o suicidio, cual aberración), evidentemente especulativas y sin fundamento real corroborable alguno, no obstante existe una realidad objetiva, que va mucho más allá de cualquier especulación subjetiva, a la que se deberá enfrentar todo neonato antes o después, a menos que muera en su infancia. ¿Qué es, objetivamente hablando, un neonato incorporado a una sociedad basada en la mercantilización de la vida cotidiana? ¿Alguien es capaz de preguntarse sobre el sentido y significado que tiene un neonato; el individuo tiene algún valor intrínseco y extrínseco como ser humano con derechos reales, o solo en tanto en cuanto es un valor monetizable de intercambio de bienes y servicios, para que la maquinaria productiva y consumista de la civilización siga adelante? ¿Perpetuamos la especie o solo estamos perpetuando la civilización, cual estructura pendular que se mueve oscilando por inercia y solo considera a sus miembros en forma de productividad interesada y mercantilista? ¿Qué pasa, entonces, cuando un individuo "despierta" a las evidencias y decide no participar de lo establecido? ¿Qué le espera? ¿Qué futuro tiene por delante? Pero la más importante a mi juicio es: ¿alguien ha pedido explícitamente nacer y ser o es una decisión tomada por otros, que luego las religiones intentan responder con infinidad de invenciones especulativas pero sin fundamento? ¿Alguien ha firmado en algún lugar estar de acuerdo con lo que hay? ¿Hay alguien por ahí a quien la sociedad le haya pedido opinión sobre si está de acuerdo o en desacuerdo con lo que hay? ¿Alguien tiene alternativa a lo que hay? Por tanto, si procreamos... ¿no estamos de acuerdo con todo lo que hay, por nosotros y por nuestra descendencia?


El hecho principal, inherente e incuestionable de la vida fue captado y manifestado explícitamente por el hinduismo, a través de varias darśanas o escuelas de filosofía ortodoxa y luego lo heredó el budismo: el sufrimiento. ¿Ese hecho qué dice de nosotros cuando tomamos la decisión de procrear y qué consecuencias acarrea, tanto para nosotros como para nuestra descendencia? Porque el estar vivos no solo acarrea sufrimiento para nosotros, sino también para los demás, ya que una vida humana es un cúmulo de necesidades, deseos, frustraciones e insatisfacciones crónicas que acarrean generar un sufrimiento innecesario, tanto para nosotros como para los demás. Un nacimiento lleva implícita una muerte y una altísima probabilidad de enfermar y sufrir. La pregunta inevitable sería: ¿por qué y para qué procreamos? ¿Es necesario, por obligación, hacerlo? ¿Hay una ley cósmica inmutable que lo fuerce y sea ineludible o se trata solo de una acción que realizamos por voluntad propia, aunque sea en total inercia inconscienciada? A diferencia del resto de animales, tal vez guiados y regidos por el instinto, el ser humano, al menos, puede elegir voluntaria y conscientemente no procrear. De hecho, es la decisión que tomé en la infancia (siempre supe que no iba a procrear, a pesar de no tener la más remota idea del porqué, hasta que pasaron muchos años y ya en plena madurez especulé sobre ello).

Ante todas las posiciones afirmativas, posicionadas en la continuidad, en mi opinión, irreflexiva, de la procreación, hace once años que considero esencial acercarse al planteamiento ligottiano, por el escritor estadounidense Thomas Ligotti, tras descubrir su ineludible ensayo LA CONSPIRACIÓN CONTRA LA ESPECIE HUMANA (Valdemar, Madrid, 2015). En mi opinión, no es posible consumar una concepción de "liberación definitiva" sin haber asimilado correctamente los especulativos planteamientos ligottianos.

Pero lo más importante para mí fue especular con la procreación como detención de cualquier posibilidad de profundización en la autoindagación. Unos años antes de llegar ahí pasé primero por aquella fase que llamé "la corrección del error volitivo", originada tras descubrir a Balsekar el lunes, 19 de febrero de 2007 y extendida hasta el viernes, 18 de diciembre de 2009. Esa "corrección" implicó renunciar a la concepción religiosa y/o espiritual de reencarnación, sostenida por el orientalismo en particular, de la que sospechaba y dudaba desde hacía tiempo, pues no me encajaban una amplia cantidad de cosas incoherentes, como la tasa en aumento de seres humanos o la imposibilidad virtual de romper el ciclo, pues todas las consecuencias acarrean nuevos efectos y viceversa. Tampoco me encajaba la idea reencarnacionista porque la veía anclada a la concepción de yo. Hasta que Balsekar hizo la pregunta esclarecedora: ¿quién reencarna? Siempre había presentido que el yo no se puede reencarnar, porque es ilusorio, una sensación de identidad que se disuelve con la muerte. Por eso la solución balsekariana me pareció la más probable: se crean y destruyen cuerpos pero nadie ni nada reencarna, porque no hay continuidad del yo. Entonces llegó una especulación que arraigó, porque se basaba en la evidencia de los hechos: la reencarnación existe, pero no como la plantea el orientalismo o la espiritualidad, sino a través de la biología reproductiva: es la continuidad de los contenidos físicos (genéticos) y psíquicos (meméticos) a través de la procreación. Reencarnamos literalmente cuando tenemos descendencia, pero no reencarna el individuo concreto, cual entidad metafísica (alma, espíritu), sino dos árboles genealógicos ininterrumpidos, fusionados en el neonato.


Desde esta posición especulativa el asunto cambió radicalmente, completando piezas clave para encajar mi subjetiva concepción de "liberación definitiva": mientras siga un individuo teniendo descendencia, es decir, procreando, siguen reproduciéndose todos los contenidos desintegrados de sus dos árboles genealógicos extendidos, que "reencarnan" en la descendencia y se mantienen en ella hasta que la descendencia, a su vez, procrea, transfiriéndolos en un ciclo ininterrumpido que se detiene únicamente cuando una extensión individualizada decide hacerse cargo consciente de esos contenidos y reintegrarlos en sí misma sin transferirlos, para completar su autoindagación total. Transferirlos teniendo descendencia impide, por definición, alcanzar la "liberación definitiva", deteniendo su comprensión y capacidad para profundizar en la autoindagación, que queda suspendida, arreglo a mi concepción desarrollada durante los últimos nueve años, para pasar potencialmente a la generación posterior, mientras los individuos de esa nueva generación no tengan descendencia. En el momento que la tienen, vuelve a repetirse el ciclo, cuyas consecuencias son: alimentar la maquinaria civilizada establecida (el individuo como pieza del engranaje social pendular impersonalizado y que solo cuenta como elemento consumista monetizable de retroalimentación) y generar un sufrimiento innecesario, propio y ajeno, por definición, que se perpetuará en total inconscienciación automatizada sin remedio posible.

No obstante, todo lo reflexionado aquí solo son una serie de especulaciones subjetivas sin mayor fundamento ni interés que el que cada cual decida darle.

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