Reflexiones sobre una concepción subjetiva de la madurez

Inevitablemente me lo pregunto cada día, a cada momento: ¿qué es (si es que es algo) la madurez?

En mi concepción subjetiva o filosofía personal de vida es algo que, aunque lleva una década gestándose, surgió de manera inevitable a partir de cumplir los cincuenta, el 7 de mayo de 2025.

Lo primero que espontáneamente ha surgido como respuesta inequívoca es que la madurez, en el caso de ser algo significativo y no una mera creencia especulativa humana (pues a lo largo de la década que me llevó de la cuarentena a la cincuentena he indagado y probado diversos enfoques sobre el tema tratado en este post), no tiene ninguna relación directa ni por definición con la edad. Esto requiere una matización: no significa que la edad no tenga nada que ver ni influencia alguna, sino que no es suficiente por sí misma ni afecta igual en todos los casos de seres humanos con la misma edad. Esto lo deduje desde que tengo uso de la razón y especialmente durante la veintena, cuando se despertaron una serie de intereses particulares en mí, primero a través de la lectura y luego a través de la implementación práctica, que me llevaron a indagar con profundidad en la esencia de las cosas (la realidad y sus límites... la naturaleza... el ser humano... la vida y la muerte... las creencias... la sociedad... el dinero...). 

Pronto me percaté de algo que a mi juicio es el principio (visto lo visto a mi alrededor durante las tres décadas transcurridas y los cambios radicales a los que hemos asistido) de una visión madura que delimita nuestro comportamiento en el día a día y las continuas interacciones con los demás: 

No existen equivalencias grupales por criterios esencialistas que pretendan etiquetar y/o uniformar a los seres humanos en atributos generalizados.

Si la madurez significa algo, debería, a mi parecer, ser algo que tiene algún tipo de capacidad inherente para mejorar nuestra forma de ver la vida y a los demás, entendiendo por un mejoramiento personal:

La capacidad para autocorregir percepciones subjetivas e ideas, creencias, prejuicios, sesgos cognitivos y cualquier automatismo no cuestionado, que reproducimos cual rutina inherente, aunque en el fondo nos genera inquietud e impide sentirnos bien con nosotros mismos, tranquilos, serenos, calmados... corrigiendo simultáneamente opiniones y comportamientos dañinos, perjudiciales, autodestructivos, pero reproducidos en un estado de inercia inconscienciada que acaba dañando también a los demás, la mayoría de las veces de manera involuntaria, al autoconvencernos de que tenemos razón y estamos en lo cierto.

Una de las tendencias que he visto desde que hace 31 años empecé a leer libros de orientalismo (budismo, hinduismo, taoísmo), esoterismo y ocultismo, así como a practicar meditación, yoga o magia ocultista, es que la edad no suele ser síntoma de madurez por definición, sino la intensificación del camino de vida elegido: 

Dependiendo del estilo de vida que hayamos elegido seguir, mediado, al parecer, por nuestros intereses inherentes que han despertado en algún momento de la vida y el procesamiento de las experiencias vitales, la edad solo intensifica eso elegido y determina los grados de inmadurez o madurez que reproduciremos.

Por tanto ni la edad ni la pertenencia a un colectivo, ideología (política, religiosa) o contexto social y económico definirá a un ser humano en última instancia (aunque le influirá en mayor o menor medida dependiendo de la manera en que lo procese y viva). Y de aquí se deriva una concepción que a mi juicio es clave para poder alcanzar la madurez:

Hay que valorar a cada ser humano en la globalidad multidimensional y polifactorial de lo que representa como persona, más allá de los detalles y nunca a través de lo que dice sino de lo que hace, observando atentamente la coherencia o incoherencia entre lo que dice y lo que hace a cada momento.

Lo más importante de la madurez según yo lo veo se divide en dos aspectos: 1. La forma en que nos relacionamos con nosotros mismos. 2. La forma en que nos relacionamos con los demás. Ambos aspectos definen el tipo de vida que viviremos y el mensaje o legado que dejaremos. ¿Qué tipo de seres humanos queremos ser y qué mensaje o legado queremos dejar? Nada nos acercará a la posibilidad de alcanzar una madurez como el hecho de tener presente esta doble pregunta a cada momento, pues hará que pensemos las cosas antes de hablar y más importante si cabe... antes de actuar. Porque si la madurez implica algo eso es el hecho de estar en constante cuestionamiento funcional (no disfuncional) de nosotros mismos, es decir, de cómo nos relacionamos tanto de manera intrapersonal como interpersonal.

La madurez implica ser consciente en todo momento de las consecuencias que pueden tener nuestras palabras y acciones a cada momento, reflexionando durante un instante antes de hablar y de actuar.

Es evidente que no podemos reflexionar sobre las consecuencias de lo que decimos y hacemos a cada momento de manera amplia y profunda, por tanto deberemos primero tener una especie de lista prioritaria en el interior que reduzca las consecuencias a mínimos maximalistas esenciales, el principal de los cuales es el principio de la empatía o la correlación causal por semejanza y/o correspondencia:

Antes de hablar y actuar debemos ponernos sí o sí en la situación y el lugar de la otra persona, exactamente igual que si fuéramos la otra persona, más allá de cualquier sesgo cognitivo que nos impida ver a la otra persona como un igual, con los mismos derechos que reclamamos y queremos para nosotros.

¿Por qué motivo nosotros deberíamos tener unos derechos humanos que le negamos a los demás cada vez que le hacemos daño a otra persona por algún motivo... un daño que evidentemente nosotros no queremos que nadie nos inflija? La respuesta a esta pregunta y la acción consecuente que implementemos es lo que determina en mi opinión el grado de madurez alcanzado. Si buscamos excusas y/o racionalizaciones que borren, difuminen o eliminen la posibilidad del respeto absoluto por el otro, nuestro grado de madurez será mínimo, pues eso significará que no hemos desarrollado métodos psicológicos eficaces de revisión y autocorrección.

Si la madurez en mi concepción subjetiva significa algo es sin duda la capacidad para ensanchar, expandir y ampliar sin límite la gestión de nuestras emociones. Nunca hay una gestión suficiente sobre las emociones, pues la mayoría de actuaciones dañinas que no aportan soluciones e intensifican los problemas (o los crean donde no había) provienen de impulsos viscerales e irracionales apresurados y no procesados correctamente, de ahí que toda ideología, sea política, sea religiosa (ahora mucho peor con el diseño de las redes sociales y los algoritmos, centrado en la obtención de beneficios a toda costa), juegue con la manipulación de los sentimientos y las emociones para conseguir sus fines: que una masa de personas en estado inercial de máxima inmadurez irracional se una a la causa y actúe en común. ¿De verdad pensamos que podemos actuar en solitario o unirnos a una causa cuyo resultado final sea dañar a alguien, individuos o colectivos percibidos como enemigos por el motivo que sea, sin que eso nos afecte a nosotros mismos de alguna manera?

La madurez implica tener capacidad para empatizar con los demás en un mínimo común, lo que nos hace a todos humanos sin distinciones y para ello primero es necesario quitar todos los filtros cognitivos que ensucian nuestra percepción y/o apreciación sobre los demás por criterios tan especulativos como infundados; convenciones sociales que intentan clasificar a los seres humanos por divisiones esencialistas a las que se le dan atribuciones delirantes y falsas, como el género, el sexo, la raza, el color de la piel, la nacionalidad, el estatus social, la religión profesada o el partido político al que pertenezcamos.

La madurez requiere sí o sí por definición tener una alta capacidad para desarrollar empatía, pues solo una elevada empatía nos garantizará implementar medios de revisión y autocorrección en nuestros subjetivos y sesgados sistemas de creencia. Muy difícilmente una persona que sufra psicopatía alcanzará algún grado de madurez, pues al haber una ausencia de empatía solo podría compensar la deficiencia emocional de empatizar mediante el intelecto y a pesar de los intentos que han llevado a cabo los psiquiatras y psicólogos especializados, los resultados son desesperanzadores.

Madurar implica en esta concepción subjetiva propuesta saber calibrar correctamente la percepción que tenemos de los demás, quitándonos de encima prejuicios y/o creencias erróneas pero muy comunes y compartidas: no existen los calvos, los gordos, los diabéticos, los autistas, etcétera, de la misma forma que no existen los sidosos o los cancerosos. La calvicie, la obesidad, la diabetes o el autismo, al igual que el sida o el cáncer no son una condición de la persona sino padecimientos polifactoriales complejos, genéticos y ambientales, fuera del control humano consciente y por supuesto, no elegidos voluntariamente, por tanto usarlos como forma de insulto, de denigración o de pretender molestar, hacer una "gracia" o gastar una "broma", no solo indica un alto grado de ignorancia e insensibilidad, sino una deficiente gestión emocional y es un síntoma inequívoco de inmadurez.

Entradas populares de este blog

El primer bloqueo esencial (e inevitable) con 'El GRAN LIBRO de MAGIA de la LUNA y la SERPIENTE'

Siempre en el mágico recuerdo caota, Peter James Carroll

La importancia del mayor acontecimiento en el noveno arte patrio: 'THC. THE HORROR COUNTRY'