Reflexiones sobre la mercantilización monetizable de las sociedades civilizadas desde el documental 'EL MOCHILERO DEL HACHA' y la nueva versión de la película 'THE RUNNING MAN'

Una de las cosas que más me sorprende, fascina y polariza de la vida, la realidad y el mundo humano es la mercantilización monetizable como trasfondo que subyace a cualquier sociedad civilizada.

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¿Sería posible entender una civilización sin la mercantilización monetizable?

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¿Qué es el dinero, la "sangre vital" detrás de la mercantilización monetizable?

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¿Qué significa e implica vivir en una sociedad donde absolutamente todo tiene un precio y por tanto todo se mide en una escala de valores monetizables?

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Evidentemente yo no tengo respuestas a las preguntas formuladas más arriba y por lo que veo a mi alrededor, dudo mucho que alguien las tenga, por tanto esto será un mero ejercicio especulativo donde plantearé escenarios, suposiciones e interpretaciones siempre subjetivas y sesgadas, a modo de ejercicio reflexivo que podría acertar en algo pero también equivocarse en mucho (aunque a lo mejor, esa es mi esperanza, no en todo).

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No recuerdo absolutamente nada de mi infancia. No tengo recuerdos ni memoria de esa infancia que por definición viví sin duda, lo cual me deja en un escenario de especulaciones phildickianas y wachowskianas sobre la naturaleza de lo real, pues a efectos prácticos es como si nunca lo hubiera vivido y esas fotos del niño que se parece a mí dan la impresión de pertenecer a la vida de otro.

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En mis primeras impresiones de estar vivo y ser (o interpretar) a una persona del planeta tierra nacida en el último cuarto del siglo XX, me veo y siento literalmente igual que un heinleiniano forastero en tierra extraña, como tantas veces he contado, pues no me identifico con absolutamente nada de lo que veo ni sucede a mi alrededor.

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Todo me parece extraño y absurdo, sin ningún sentido ni significado, lo cual me lleva a no sentirme implicado ni partícipe de nada de lo que está sucediendo a mi alrededor.

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Si algo me queda claro desde el momento inespecífico en el que tomo conciencia de la realidad como ser humano vivo e inmerso en un contexto muy concreto, familiar, social, cultural e histórico, es que... 1. En ningún momento he pedido nacer ni existir, por tanto... 2. Un par de personas completamente ajenas a mi conciencia y voluntad han decidido por mí que nazca, por motivos que solo les incumbe a ellos, lo cual significa que... 3. Yo personalmente no he inventado nada de lo que hay, existe ni funciona, tal y como lo hace, pero... 4. Todo el mundo con el que entro en contacto a partir de tener uso de la razón, pretende venderme algo para que lo acepte, me haga cargo de ello y/o lo implemente en mi vida, aunque lo más curioso de todo es que mi entorno más cercano no me intenta vender algo, sino obligar a la fuerza para que haga lo que otros dicen que tengo que hacer, siendo lo más significativo de todo que... 5. Nadie; absolutamente nadie desde que nací me preguntó mi opinión sobre nada, ni si estaba de acuerdo o en desacuerdo con todo lo establecido, ideado, inventado, diseñado, creado e impuesto por otros; simplemente se dio por sentado que yo, al igual que el resto de congéneres nacidos antes, durante y después, teníamos que aceptarlo todo tal y como está, esperándose de nosotros que lo implementáramos en nuestras vidas y luego lo transmitiéramos y continuáramos, trayendo nuevos individuos que tomaran el relevo.

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Pero... bueno... espera un momento... para el carro... para... para.

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¿Acaso yo elegí nacer o eligieron por mí?

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¿Elegí nacer, además, donde lo hice y como lo hice?

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¿Quién dijo o supuso que tuviera que estar de acuerdo con lo que hay y como lo hay?

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¿Eso significa que el hecho de dar por sentado que yo estaría de acuerdo con todo lo que hay ya es suficiente como para justificar que ni se me pida opinión ni se me permita cuestionar, discrepar e incluso no participar ni mucho menos continuar reproduciendo un mundo y una realidad que no me representa ni me identifico con ella?

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Obviamente me parecen preguntas pertinentes y muy legítimas que todos podemos (y debemos al menos) hacernos alguna vez en la vida, para volvernos algo conscientes de nuestra propia realidad y de las implicaciones, así como consecuencias de todas las decisiones que tomamos a cada momento, no en particular por nosotros mismos, sino por los que elegimos sin saber si su elección es acorde con la nuestra, pues no creo sinceramente que pueda haber peor plaga y lacra que vivir como zombis narcotizados, en inconscienciado piloto automático, reproduciendo todo lo que hay sin el mínimo cuestionamiento, simplemente porque es lo que debemos hacer, aunque según muestran los experimentos en psicología social sobre la conformidad con el grupo o de obediencia a la autoridad, no tengo muchas esperanzas, excepto plasmar por aquí mis especulativas reflexiones (cuyo único valor será medido en potencial monetizable cual contradictoria retroalimentación enriquecedora de la "maquinaria" internáutica y algorítmica que pretendo cuestionar).

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De esta manera, lo primero que percibí a mi alrededor en plena adolescencia es haber nacido en una wachowskiana "cárcel para mis sentidos", pues aunque técnicamente hablando no estaba encarcelado, no obstante yo me sentía así, teniendo que acudir todos los días a una rutina forzada que no me interesaba lo más mínimo ni tampoco me llamaba la atención, el colegio, donde me obligaban coactivamente a estudiar una serie de contenidos que luego caerían en examen, para evaluar mi nivel de compromiso con la causa de... ¿quién? ¿Por qué? ¿Para qué? Preguntas que no tenían respuesta para ese adolescente ignorante y que observaba a su alrededor sin entender nada (porque nadie se dignó nunca a explicarle nada), intentando sobrevivir en esa condena diaria no elegida y rechazada-repudiada, con la única esperanza de que un día finalizara.

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Y un día lo hizo, sin duda. Resulta que en su aprendizaje sobre el sistema carcelario obligatorio que unos cuantos años después le recordaría y/o resonaría al planteamiento dualista radical gnóstico alejandrino de la realidad, descubriría que había solución, expiación y recuperación de una libertad nunca disfrutada, vivida ni experimentada en los 16 años de vida que tenía, repitiendo por segunda vez octavo de EGB y sin opciones a continuar en el colegio.

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Pero, muy a su pesar, la pesadilla carcelaria no terminaba ahí, todo lo contrario. Estudiar solo era en realidad un pequeño reformatorio o correccional para menores; el comienzo de la preparación a lo que venía después y lo peor de todo: se trataba del mal menor en relación con la verdadera cárcel donde se entraba para no salir... el trabajo profesional remunerado... una cárcel de por vida o al menos, hasta el final de la madurez tardía, poco antes de entrar en la vejez, mediante la libertad condicional, es decir, la jubilación.

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Y desde que el adolescente decidió no estudiar y por tanto, no le quedó más remedio que incorporarse al mundo laboral, infinidad de veces he reflexionado, hasta la actualidad, recién inaugurado el segundo año de la cincuentena (plena madurez), sobre los sentidos y significados de la concepción económica monetaria que subyace, cual invento humano articulado como la sangre vital de la convivencia interpersonal, a cualquier sociedad civilizada. Pocos temas me parecen más fascinantes que este, debido a todo lo que implica, con las repercusiones derivadas, tanto en positivo como en negativo. Y será precisamente acerca de las repercusiones más negativas, pero sospechosamente ubicuas, inherentes y siempre presentes, donde centraré el contenido de este post, mediante el análisis filmosófico de un muy elocuente documental de crimen real y la nueva versión cinematográfica de un conocido relato corto de Stephen King, que ya tuvo una popular adaptación (muy diferente) al séptimo arte en 1987.

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Aunque anteriormente, al parecer, la especie humana comerció desde la prehistoria sin concepción económica monetaria, no obstante se cree que lo hizo a través del trueque, un sistema económico igual de especulativo que el monetario, pero poco eficaz, visto lo visto, por la dificultad de cuantificación que implica, especialmente cuando los asentamientos colectivos sedentarios empezaron a aumentar en población y surgieron las primeras concepciones de ciudad-Estado, con una novedad antes inexistente entre recolectores-cazadores: la acumulación de excedentes tras la instauración de la agricultura y la ganadería. Así nació, hipotéticamente, una economía de producción imposible de gestionar con el trueque, lo cual implicó a su vez la necesidad de crear una especulación económica más viable y ello derivó en la idea de dinero. La definición del dinero es todo activo o bien que se acepta en general como medio de pago por los agentes económicos para sus intercambios, pero que también funciona como unidad de cuenta y depósito de valor. La asociación a la idea de dinero que mejor ha funcionado durante milenios (según los economistas) ha sido la moneda, seguida por los billetes, que más recientemente se amplió a las tarjetas de crédito y débito, con las transferencias electrónicas como el medio más avanzado y actual. La moneda, primera concepción civilizada y aceptada masivamente de dinero desde la antigüedad, derivó del uso de metales preciosos, oro y plata en particular. A partir de ahí se desarrolló la economía monetaria como medida socializada de entender la convivencia interpersonal y sin duda la prosperidad, avanzando progresivamente hasta la actualidad (aunque este apartado sobre el origen del dinero es una simple especulación consensuada pero simplista... hay otras distintas, como me ha señalado Týchon Copiatos por correo electrónico: https://www.youtube.com/watch?v=vhg94MKJ4lE).

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Pero no obstante, esa concepción (que no deja de ser especulativa, irreal y fantaseada por el ser humano, en base a convenciones y valoraciones muy subjetivas) también tiene su reverso tenebroso, oscuro a más no poder, que no deberíamos obviar a mi parecer. Porque... ¿qué implicaciones tiene establecer en la práctica una mercantilización absoluta de la vida cotidiana, donde todo acaba viéndose según su potencial monetizable, de manera inevitable, inercial y por definición? Creo sinceramente que las conclusiones no son nada halagüeñas, pues conducen a una serie de estados de conciencia limitados, particulares, exclusivos y excluyentes, potenciando por una parte e intensificando por otra parte aspectos recurrentes y regresivos que impiden la consolidación de una vida plena, reduciendo mucho las posibilidades y los potenciales que puede desarrollar un ser humano. Todo ello, llevado al extremo, pero nada infrecuente ni excepcional, aparece en el elocuente documental de crimen real 'EL MOCHILERO DEL HACHA'. De hecho, tras un análisis filmosófico esencial, considero que lo reflejado / representado / escenificado en ese documental indica y muestra de manera axiomática la verdadera naturaleza del funcionamiento que tiene una sociedad mercantilizada, donde todo tiene un precio y por tanto, no es concebible la vida sin la monetización de cada segundo de actividad.


En un principio 'EL MOCHILERO DEL HACHA' da la impresión inequívoca de lo que en realidad es: el típico documental de una hora y media sobre un caso de crimen real, que produce y estrena Netflix, tal vez la plataforma de transmisión digital con mayor apuesta por este adictivo y altamente popular contenido audiovisual. Está escrito y dirigido por la cineasta británica especializada en documentales Colette Camden. Se estrenó en Netflix el martes, 10 de enero de 2023.

La trama del peculiar, interesante, atípico y muy elocuente documental para reflexionar sobre no pocas cosas, a nivel social, se centra en la historia (y las posteriores repercusiones sorprendentes) de un joven canadiense, medio vagabundo, llamado Caleb Lawrence McGillvary, nacido el 3 de septiembre de 1988 en Edmonton, Alberta, Canadá. Más conocido como Kai, el autoestopista o Kai, el autoestopista con hacha, narra un acontecimiento que tuvo lugar el viernes, 1 de febrero de 2013 en Fresno, California, Estados Unidos. El comentarista deportivo y reportero de noticias estadounidense Jessob Reisbeck es avisado por la cadena de televisión para la que trabajaba de que debe acudir a cubrir la noticia de un accidente de tráfico que tenía mala pinta. Un hombre con un extraño comportamiento delirante mesiánico había empotrado un coche, atrapando a otro hombre, operario del gas, con insultos racistas. Una mujer se acercó para ayudar, pensando que era un accidente fortuito y el hombre le agredió, cogiéndole del cuello para intentar asfixiarla. En ese momento, el copiloto y acompañante, un joven autoestopista al que el agresor había recogido antes, atacó a ese mismo hombre dándole golpes en la cabeza con el mango de un hacha, salvando así a la mujer y al operario. Vamos, una historieta de película hollywoodiense donde la ficción supera a la realidad.


En ese momento, Jessob Reisbeck, que está cubriendo el suceso, ve pasar al joven autoestopista, cargado con una pesada mochila y pinta de sin techo, según sus propias palabras. Decide entrevistarlo y ahí es donde empieza el imprevisible, aleatorio y muy loco, pero verdadero espectáculo de la actualidad, sí, ese que no hace tanto era impensable, pero en apenas dos décadas ha transformado nuestra realidad hacia aspectos que, a estas alturas, deberían hacernos reflexionar un poco como sociedad, digo, o al menos eso me parece, viendo lo visto. He aquí un ejemplo obvio.

El joven autoestopista (en ese momento tenía 24 años de edad), que dice llamarse Kai (sin apellido), explica cómo salvó la complicada situación. En ese momento nadie sabía lo que había pasado en realidad, así que su versión era la única realidad visible y tenida en cuenta. Evidentemente queda como un héroe delante de la televisión y lo peor de todo, internet. Pero su comportamiento, de la máxima excentricidad al explicar lo que hizo con el hacha, delante de la cámara, ante las noticias televisivas, lo convierte de inmediato y automáticamente en un fenómeno internáutico viral de la noche a la mañana. Todo sucede (y aquí podemos ver el resbaladizo y peligroso fenómeno de la viralidad que nadie parece captar en su verdadera dimensión descontrolada y sus posibles repercusiones) porque Kai rechazó al resto de reporteros y cadenas de televisión cuando se le acercaron, por tanto solo quedó la entrevista realizada por Jessob Reisbeck y grabada por el cámara Terry Woods para la KMPH-TV, una estación de televisión local de Fresno.


Esa misma noche Reisbeck decide que todo el mundo pueda ver la entrevista completa (más de seis minutos), así que la sube a YouTube y se va a la cama. El cámara explica que tenían 20 seguidores y 20 visualizaciones antes de acostarse. Cuando se levantaron ambos al día siguiente, el vídeo tenía 500.000 visualizaciones. A partir de ahí, como cuenta Reisbeck en el documental, el vídeo fue replicado infinidad de veces, teniendo todas las réplicas cientos de miles de visualizaciones como mínimo, surgiendo memes de todo tipo. Desde ese momento no se habla de otra cosa en todo Estados Unidos, mejorando los índices de audiencia cada vez que aparecía el nombre de "Kai, el autoestopista del hacha", pasando de un fenómeno viral de internet a un fenómeno mediático pop.



Y aquí es donde el asunto se pone muy pero que muy interesante para las reflexiones que propongo en este post sobre la mercantilización absoluta de la vida cotidiana, pasando el documental de lo que acabará siendo (otro documental de crimen real sin más) a toda una auténtica y desnuda declaración filmosófica de intenciones, dejando en elocuente evidencia cómo funciona un mundo donde todo es monetizable (y debe ser monetizado), junto con las repercusiones que ello implica, siendo todos susceptibles de quedar atrapados en la peor versión de la telaraña egoica que representa y escenifica el dinero, necesario para todo y a toda costa, lo cual nos reduce, en última instancia, a ser meras... ¿qué? ¿Mercancías? ¿Índices de audiencia? ¿Beneficios para otros? No lo sé a ciencia cierta, pero creo sinceramente que este caso es para darle, como mínimo, una vuelta seria, pues todos estamos expuestos a ello.

El núcleo del asunto reflexivo empieza a mi juicio con Brad Mulcahy, que en el documental se presenta como el encargado (en 2013) de buscar personas interesantes para el programa nocturno de Jimmy Kimmel (un conocido comediante, actor y presentador televisivo estadounidense muy popular). Pero mucho más interesante me parece Lisa Samsky, que es presentada como gerente de marca de telerrealidad, hablando con orgullo de haber trabajado en el programa televisivo de las Kardashian (tres hermanas y dos hermanastras que escenifican al clan familiar estadounidense más famoso e influyente de la telerrealidad actual).

Una de las primeras cosas interesantes que dice Samsky sobre Kai, cuando apenas han pasado doce minutos del documental, es que su atractivo radicaba en "que la mayoría de los héroes no son gente sin hogar. Era alguien que venía de una vida muy diferente, que podía llegar a un nuevo público y exponer a la gente a un mundo diferente del que habían visto". Sí, a primera vista parece algo loable, incluso noble, pero nada es lo que parece cuando existe la posibilidad de sacar algún beneficio en un mundo solo pensado para eso mismo y por tanto la clave del engaño encubierto reside en ese "que podía llegar a un público nuevo", antesala de lo que en realidad se oculta tras la fachada cara a la galería y que muy pronto saldrá a la luz, pues la persona que tienen delante ha demostrado, sin pretenderlo,  buscarlo ni quererlo, ser altamente monetizable y... bueno... cuando alguien se vuelve o al menos presenta oportunidades de monetización, pronto los buitres simbólicos y metafóricos, con apariencia humana, pero comportamiento inequívoco que les retrata por sus actos y procederes, caerán sobre él sin piedad. Aunque lo mejor en mi opinión es que en este documental lo veremos escenificado en directo (lo cual dice mucho sobre los valores y la actual percepción social estadounidense) hasta el último extremo, debido a que Kai no lo pondrá fácil. Y nada mejor que llevar a los seres humanos al límite para ver quién es quién en su comportamiento, siendo en este aspecto precisamente donde la mercantilización absoluta de la vida cotidiana me genera las mayores dudas y dilemas morales, pues... ¿dónde están los límites? Y... ¿quién decide ponerlos? O... ¿todo vale con tal de sacar beneficios, rendimiento?

Reisbeck lo explica luego con claridad meridiana: "gente de todo el mundo quería algo de este chico. Recuerdo una vez que borré mis emails y seis minutos después... seis minutos... tenía como 124 emails de gente de Japón, Australia, la Costa Este, la Costa Oeste... de todos los programas de televisión que puedas imaginar [...] todos intentaban contactar con él... era una persecución [...] incluso mi jefe me dijo que hiciera lo necesario para meter al chico en una habitación de hotel, llevarle a algún sitio donde poder hablar con él". Nada nuevo ni sorprendente cuando vives una temporada en este mundo y tomas conciencia de ti y de lo que hay, pero... ¿alguien es capaz de parar un momento las inercias y preguntar... preguntarse todo lo que eso implica? Porque una de las verdades subyacentes que hay tras estas apariencias es que alguien va a beneficiarse y no poco de esto, pero nunca será la persona protagonista que genera ese beneficio. Serán otros los que de verdad se beneficien... otros que precisamente no son los que tienen que exponerse ni tampoco lo hacen. Y no me cabe ninguna duda, después de unos cuantos años estudiando a fondo el mundo en el que vivimos (el mundo que hemos decidido crear y sostenemos todos a cada momento), que exponerse siempre... absolutamente siempre tiene consecuencias nada positivas ni halagüeñas para quien decide hacerlo.

Como solo Jessob Reisbeck tiene su correo electrónico, solo Jessob Reisbeck puede ponerse en contacto con él para explicarle todo lo que está pasando y así es como consigue quedar con Kai, poco tiempo después, en Stockton, California, Estados Unidos, donde ahora se ha desplazado el mayor valor monetizable, en forma humana, del momento, para entrevistarle por segunda vez. El comportamiento del joven autoestopista sin techo y claramente vagabundo resulta ser muy disfuncional, errático, excéntrico a más no poder... todo un personaje ingobernable.

Atención a lo que dice Lisa Samsky a continuación: "bueno... no hay una marca más grande que las Kardashian... podría darme la vuelta y tirar un dardo y acercarme a cualquiera y... convencerle de ser una estrella del reality". ¿No es esa es la actitud y la mentalidad más apropiada para un mundo mercantilizado? Ser una marca. Porque ser humano está sobrevalorado, al parecer, ya que somos 8.300 millones de humanos pisando el planeta azul y bueno... todos con una cantidad insaciable de necesidades (la aplastante mayoría ficticias, solo unas pocas verdaderas objetivamente hablando) pero una evidente imposibilidad de cubrirlas todas, pues 1.100 millones de personas alrededor del mundo (un 18 % de la población) viven en situación de pobreza multidimensional, en contraste con los 60 millones de personas ricas (un 1,6 % de la población), es decir, que tienen un patrimonio superior a un millón de dólares. Solo siendo una marca se puede prosperar de verdad o esa impresión da. Pero hay un dato más curioso si cabe: seis de las diez personas más ricas del mundo provienen de empresas de redes sociales, comercio electrónico e inteligencia artificial.

Reisbeck continúa: "podría ser rico y famoso y hacer lo que quisiera... si quisiera". El truco, la trampa y el cartón... la zanahoria para que el metafórico burro, en forma humana, avance... pero nadie parece querer hablar de la letra pequeña y la verdad subyacente al espejismo de ser rico y famoso y hacer lo que quisiera, pues las cosas no son tan idílicas como parecen a primera vista en esta realidad y solo hay que echar un vistazo alrededor, con algo de discernimiento, para darse cuenta de ello.

Pero mientras Kai escucha las propuestas que le presenta Reisbeck en una cafetería, con la promesa de poder hacerse millonario, este le responde que solo quiere ir a Bay Arena y fumar hierba. Bueno... es lo más increíble (y no lo digo en positivo) de todo lo que nos ha traído internet, las redes sociales y la digitalización posmoderna de la vida cotidiana, entre otras cosas bastante peyorativas (troleo, ciberacoso masivo, postureo moral, narcisismo banalizante y todas las variedades de la ciberdelincuencia a la que estamos asistiendo): en un solo instante tu vida puede cambiar de tal manera tan drástica, repentina e inesperada, que sea imposible de asimilar y lo que en principio pudiera aparentar ser la mayor oportunidad y bendición de tu vida, se convierta en la peor ruina y maldición que ni hasta tu enemigo más acérrimo te pueda desear.

¿La respuesta de Lisa Samsky a Jessob Reisbeck? "Bueno, si eres Kai tienes que pensar: ¿qué tengo que perder? ¿Esto tiene que cambiarme la vida de alguna forma? ¿Por qué no? Oye, vuelve a por él y dile que le enviaremos una limusina llena de marihuana". Bien... aunque eso de ponerse a escenificar lo que hipotéticamente debería pensar Kai no tiene desperdicio, lo mejor viene con diferencia al final: ¿volver a por él con una limusina llena de marihuana? Evidentemente eso indica algo que cualquiera debería saber leer entre líneas, pues si hace unos días o semanas no eras nadie y por tanto, nada monetizable, con la consecuencia de tener valor cero, lo cual implicaba vivir como un sin techo y ahora, de repente, te ofrecen una limusina llena de marihuana, es porque alguien va a sacar de ti muchísimo más de lo que vale esa limusina si aceptas. Ahí es donde está la mayor trampa, truco y cartón... la gran estafa: cualquier promesa de ganar dinero, fama, prestigio, reconocimiento, lo que sea, implicará siempre que alguien ganará muchísimo más por algo que técnicamente hablando te correspondería a ti exactamente al revés de cómo al final queda el asunto.

Obviamente y a pesar de lo que todo aparenta en un primer momento, Kai acepta enseguida. Las consecuencias de esa aceptación acabarán conduciéndole a un sombrío y muy oscuro destino en apenas tres meses, aproximadamente, en parte debido a su excéntrica personalidad y comportamiento errático que apunta maneras en un perfil psicológico muy específico y sin duda, nada apto para integrarse en un submundo dentro del mundo, que requiere convertirse, sin duda, en una marca, estilo Kardashian o cualquier personaje influyente de la actualidad, es decir, que es famoso por el hecho de ser famoso sin más, una celebridad o en este caso, personalidad de internet.

El próximo personaje que hace acto de presencia en el documental tampoco tiene desperdicio alguno. Aparece nombrado como J. R. y es el que acompaña a Samsky para llevar a Kai al programa de Jimmy Kimmel. Sus palabras hablan por sí solas: "parecía que la mayoría de productoras de realitys estaban buscando al siguiente gran icono de la cultura pop y después de que la vida sencilla con Paris Hilton desapareciese necesitaban a alguien que fuera la nueva Paris Hilton o Kim Kardashian... es una búsqueda constante del siguiente fenómeno". Sin comentarios.

A partir de aquí, tras la aparición de Kai en el programa televisivo de Jimmy Kimmel, todo cambia radicalmente, dando un espectacular giro de guion el documental. Kai es el pseudónimo usado por Caleb Lawrence McGillvary, cuyo dudoso comportamiento (con tendencias inequívocas a la violencia) y excentricidad particular, muestra una serie de aspectos nada equilibrados de su psique, que van dando pistas hacia el terrible desenlace final, que tuvo lugar el lunes, 13 de mayo de 2013 en Clarke, Nueva Jersey, Estados Unidos. Apenas habían transcurrido tres meses y medio desde que Kai se convirtió en una celebridad de la noche a la mañana. Ese giro total de guion reconduce el documental hacia el formato más consumido del mundo, el crimen real (seguido muy de cerca por las biografías de celebridades). La pregunta y duda que se queda suspendida en el aire es: ¿tuvo algo que ver el suceso que encumbró a Kai al estrellato repentino y la obsesión enfermiza de productores, periodistas, reporteros,  cazatalentos... por explotar el nuevo pero efímero fenómeno social de moda? ¿Hasta qué punto parte del asesinato pudo ser culpa de esas dinámicas económicas y depredadoras abusivas, al desencadenar una tragedia debido a la ceguera de interpretarlo todo en términos monetizables, para exprimir a personas vulnerables, desprotegidas, trastornadas, agresivas, en riesgo o incapaces de hacerse cargo de algo totalmente inesperado y ajeno a ellas, únicamente por sacar beneficio?

Por último, aunque en una dirección distinta en el continente, pero no en el contenido, tenemos una grata sorpresa hollywoodiense a mi parecer: 'THE RUNNING MAN'. Se trata de una película británica-estadounidense de ciencia ficción distópica y acción, nueva versión de la novela original escrita por Stephen King (bajo el pseudónimo literario de Richard Bachman) y publicada originalmente en inglés en mayo de 1982, que ya tuvo una primera adaptación al séptimo arte en 1987, interpretada por Arnold Schwarzenneger, aunque el guion y el desarrollo de aquella película, de título homónimo (aunque en España fue traducida con el título 'Perseguido'). Esta segunda adaptación, dirigida y coescrita con Michael Bacall por Edgar Wright e interpretada por Glenn Powell, es muy significativa por varios motivos, siendo el principal la fidelidad a la historia original de la novela en la que se inspira, pues ello hace que se convierta en una fundamental crítica futurista a la sociedad de consumo, basada en un entretenimiento de masas sostenido por la telerrealidad, algo que en los Estados Unidos de 1982 todavía era un buen argumento de ciencia ficción, aunque ya se estaban dando los primeros pasos hacia la reconversión en una realidad plausible.


Otro motivo es que en la novela original de Stephen King, la historia se desarrolla en el año 2025, estrenándose esta segunda adaptación totalmente diferente a la primera (que fue una película de acción típica de las que interpretaba Arnold Schwarzenneger en la época) y solo con un ligero parecido en el trasfondo, el miércoles, 5 de noviembre de 2025.

El hecho de haber elegido la nueva versión de la película 'THE RUNNING MAN' para completar mis reflexiones sobre la mercantilización monetizable de las sociedades civilizadas es porque nada más verla por primera vez hace unos días, quedé gratamente sorprendido (sin saber lo que esperar, viendo los rotundos fracasos decepcionantes que suelen las nuevas versiones de este tipo en la última década) al ver que no tenía ninguna relación con la primera versión, apostando fuerte por la intensificación reflexiva de la carga crítica sobre las debordianas sociedades del espectáculo, donde todo vale (como estamos viendo con internet y todas las modas impuestas para beneficio único de los tecnólogos de Silicon Valley, que en la actualidad ocupan seis de los diez primeros puestos de las personas más ricas del planeta, con el infame Elon Musk a la cabeza). 

Sinceramente no me gusta nada el cine de la actualidad, especialmente el que requiere del uso de efectos especiales, pues es frustrante y muy decepcionante ver que el uso de la tecnología más avanzada, conocida como imagen generada por ordenador (CGI, por sus siglas en inglés), deja unos efectos especiales ridículos, que no encajan de ninguna manera, el movimiento es incorrecto y parecen completamente falsos, peor que si fuera animación sin presupuesto.

Obviando este problema muy presente en la nueva versión de la película 'THE RUNNING MAN', no obstante vayamos al quid de la cuestión o análisis filmosófico de la historia, la trama y especialmente el trasfondo, donde en la mirada que propongo no importa lo más mínimo el contexto de ciencia ficción distópica, sino una revisión de la muy vigente mercantilización monetizable y sus inevitables consecuencias: todo vale y es adaptable con tal de que quien se beneficia en sumo grado de alguna manera, siga haciéndolo, caiga quien caiga y pese a quien le pese.

La película, que dura dos horas y diecisiete minutos, es una superproducción hollywoodiense de Paramount Pictures Corporation, una importante productora estadounidense.





La primera imagen es potente: vemos borrosa la cara del protagonista, un trabajador que observa, a través del cristal de la oficina de lo que parece una empresa metalúrgica, la dura realidad de una aplastante mayoría de personas en el mundo, que no pertenecen ni a los 60 millones que viven en la riqueza, ni a los 1.100 millones que viven en la pobreza, por tanto pertenecen a los 7.200 millones restantes que deben buscarse la vida como pueden, la mayoría entregando su tiempo vital a cambio de un sueldo que, con suerte, les dará para vivir (muchas veces malvivir; en no pocas ocasiones sobrevivir, pero sin llegar al extremo de la pobreza, aunque rozando la indigencia o directamente en ella, pues son 300 millones los que no tienen hogar y 2.800 millones, un 40 % de la población, los que no tienen acceso a una vivienda adecuada en el mundo).


La escena del inicio empieza fuerte, reflejando la realidad citada, pero llevada al extremo, aunque muy común en las mercantiles sociedades civilizadas, donde quedarse sin trabajo y encontrarse en paro implica uno de los peores escenarios distópicos para infinidad de personas todos los días, incluso viviendo en hipotéticos Estados del bienestar, pues en ese momento empiezan los problemas multifactoriales complejos: hay que pagar la comida diaria (y necesitamos comer varias veces al día), hay que pagar la vivienda (hipoteca, alquiler, gastos, reparaciones), hay que pagar facturas, hay que pagar impuestos. 

Lo curioso de vivir en una sociedad mercantilizada es que la mayor parte del tiempo de vida que tienes debes invertirlo en idear formas de pagar, pues es muy fácil que pagues por todo pero no es tan fácil que te paguen por algo, ya que todo el mundo quiere que le paguen, pero si puede evitar pagar se acoge a ello con gusto, a pesar de todas las consecuencias que suele acarrear esa evasión... aspecto de la humanidad que se ve reflejado con la máxima claridad meridiana y evidencia inequívoca en internet, donde parte fundamental del negocio que llevan a cabo los tecnólogos de Silicon Valley consiste en el mayor timo, engaño y embaucamiento de la historia humana: hacer creer a todo el mundo (porque todo el mundo es consumidor potencial de su oferta) que sus servicios son gratis. Nunca hubo anzuelo más grande en el mundo de los negocios (ya que obviamente nada es gratis en una sociedad mercantilizada) y el hecho de rentabilizar al máximo el tiempo de vida; el ciberanzuelo angular que precede al resto de ciberanzuelos, también basados todos ellos en engañar, manipular, estafar, embaucar... eso sí, todo muy legal y autorizado. Y aquí también es donde enseguida aparece una de las más populares opciones para ganar dinero: los concursos televisivos. Porque ese reclamo será el argumento de la película.


En esta nueva versión acorde a la novela original, el programa de telerrealidad 'THE RUNNING MAN' que le da título a la creación literaria, luego doble adaptación cinematográfica, la participación es voluntaria, a diferencia de la primera versión, cual concurso televisivo que promete la ganancia de mil millones de la moneda ficticia (nuevos dólares) que circula en el mundo de ficción, aunque mucho más cercano a la realidad actual que el mundo de ficción inventado en la adaptación de 1987, si los participantes sobreviven 30 días a la persecución de cinco cazadores.




El personaje protagonista se llama Ben Richards y es un obrero de los bajos fondos que se ha quedado en paro, tras ser incluido en la lista negra por su activismo sindical. La hija pequeña que tiene ha enfermado de gripe y ni él ni su mujer pueden permitirse comprar los medicamentos. ¿A alguien le suena esta realidad? Obviamente es una realidad, por desgracia, ubicua en el mundo entero, aunque más todavía en Estados Unidos donde, entre otros graves problemas estructurales de su cuestionable sociedad, tienen que enfrentarse a un sistema sanitario totalmente privado, lo cual les ocasiona una cantidad de problemas elevados, mientras la industria alimentaria rentabiliza sin piedad su negocio inundando los supermercados de sucedáneos comestibles ultraprocesados muy insaludables y solo pensados para consumir compulsivamente, arruinando así la salud de la población, siendo las personas pobres el grueso de la clientela más vulnerable a la industria alimentaria ultraprocesadora de productos comestibles, pues la comida saludable es, caloría a caloría, cinco veces más cara que la insaludable.


Para entender correctamente lo señalado más arriba es fundamental leer los dos últimos libros del dietista-nutricionista y divulgador científico español Julio Basulto Marset, a saber: COME MIERDA. No comas mejor, deja de comer peor (Vergara, Barcelona, 2022) y TODOS GORDOS (con perdón) (Vergara, Barcelona, 2026).



Sin más opciones, mientras la mujer trabaja de camarera en un club pero las ganancias no les llegan para los medicamentos de la niña, el protagonista decide acudir a la cadena de medios conocida como la Red (Network), que gobierna el país de manera autoritaria, con la intención de presentarse a otros programas y ganar algo de dinero. Pero antes debe pasar las pruebas previas para ser un concursante candidato. Y debido a su destreza (en las pruebas físicas) como ira acumulada (en las pruebas psicológicas) acaba siendo elegido para 'THE RUNNING MAN'.


No obstante, llegados a este punto de la película (el primer cuarto de hora cumplido), hay una significativa reflexión a realizar en mi opinión, sobre la engañosa idea de libertad y especialmente democracia, que siempre se ha vendido, en la línea de pensamiento del ingenioso político británico Winston Churchill (1874-1965) cuya afirmación nunca fue que la democracia representara el mejor de los regímenes políticos de convivencia, sino el menos malo (lo cual es equivalente a decir que la democracia es mala, pero no tanto como cualquier alternativa). Tan elocuente, agudo y sincero como desesperanzador. Porque... ¿cuál es la utilidad de una apariencia ficticia de libertad para elegir en una realidad de imposición mercantil donde no tener medios es equivalente a la peor de las imposiciones posibles, la condena a pasar penurias, necesidades, privaciones y sufrimiento innecesario por el interés, la avaricia, el egoísmo y la codicia de unos pocos, que son los que acaban enriqueciéndose a costa de los demás?

El contexto de ciencia ficción distópica que presenta la película es mucho peor, pues la realidad ha degenerado en el manido escenario autoritario y asfixiante clásico del género, tan explotado durante décadas que ya se ha vuelto banal y anodino para el público sobreexpuesto al cliché de clichés que nada aporta a la película.

A pesar de que el protagonista no quiere particular en el programa 'THE RUNNING MAN' sino en cualquier otro, se encuentra ante el dilema de dilemas al que nos lleva inevitablemente la mercantilización de la sociedad: todo el mundo tiene un precio. Y lo peor no es eso, sino la vulnerabilidad que de manera tan elocuente nos muestra la película.


Dan Killian (interpretado por un magnífico Josh Brolin), el productor ejecutivo de la Red y creador del programa mas visto, empieza a tejer la trampa retorcida para que Ben Richards caiga (participe), con el seductor reclamo de siempre... una cantidad de dinero muy insuficiente, por mucho que parezca, en comparación con quienes sustentan lo que ofrece esa cantidad de dinero y lo que un puñado pequeño de personas ganará gracias a esa ridícula cantidad ofrecida (primero le ofrece un sobre con varios billetes de 100 nuevos dólares y luego le tienta diciéndole que lo máximo que puede ganar en el resto de concursos son 1.000 nuevos dólares y eso no es suficiente para sacar adelante a su familia, pero que si solo sobreviviera una semana en 'THE RUNNING MAN'... "los Richards estaríais en el uno por ciento de la riqueza mundial"). El juego de seducción, negociaciones, acuerdos y si es necesario coacciones y amenazas ha comenzado. La película es de gran elocuencia y lo muestra con brillantez.


Lo más pertubador y que me lleva a la esencia de estas reflexiones (obviamente subjetivas y que pueden estar equivocadas) es el hecho de ver en desnudez la verdad estructural de esos cimientos civilizados. ¿Qué indica sobre nosotros, sobre la sociedad, sobre la convivencia, sobre las relaciones? ¿Qué clase de mundo estimula, genera y sostiene la mercantilización monetizable de la vida cotidiana?

Killian convence a Richards mientras asistimos a esa tensión momentánea donde nada está claro y todo parece que podría terminarse pronto si Richards se mantuviera firme en sus principios, pero entonces... entonces no habría largometraje... como mucho un cortometraje de 20 minutos. Y no se podría escenificar el dilema moral supremo y la (nada infundada) creencia inherente a cualquier sociedad mercantilizada: todo el mundo tiene un precio... solo hay que presionar un poco para saber cual es el tuyo. ¿Qué precio tienes? 

Y cuando Richards cede, la cara de satisfacción de Killian es toda una declaración de intenciones perfectamente escenificada en la nueva versión de la película... ya no se trata de ganar solo dinero, sino del placer de sentir un poder ilimitado... ser el puto amo... la satisfacción asociada a convencer al otro y por tanto doblegar su voluntad en una arquetípica lucha de egos.




A partir de ese momento... empieza el espectáculo: "al salir tendrás una misión, hablar con sinceridad. Te sientes furioso, violento, agraviado... no pienses antes de hablar, eso es de memos. Sal, di tacos, sácate la chorra delante del público... es bueno para las audiencias" le alecciona Killian a Richards. Todo va así en realidad. Lo que sea bueno para el negocio es bueno por definición (aunque sea lo peor y tenga consecuencias desastrosas, catastróficas... para los demás... obviamente nunca para los que ganan... los que salen beneficiados). Lo podemos ver en la realidad actual con la mayor elocuencia evidente, más allá de la película: internet, los algoritmos y lo que está pasando en el mundo desde hace unos tres lustros y cómo ha cambiado todo. Está siendo muy perjudicial para una amplia mayoría (especialmente los jóvenes o nativos digitales), pero como es beneficioso para los billonarios de Silicon Valley, entonces todo vale: implantación de la posverdad (relativismo cognitivo o la errónea, falsa, espuria y peligrosa creencia de que no hay verdad y mentira sino que todo es relativo), de las noticias falsas (fake news) o de las teorías conspirativas, a través de la manipulación algorítmica de los sesgos cognitivos para intensificarlos, algo que debería ser un delito y muy grave, pero es la norma de nuestra vida cotidiana. Por tanto... luces y acción... ¡que siga el espectáculo!



Y una de las cosas más significativas y a tener en cuenta, antes, ahora y después, es el maquiavelismo del todo vale con tal de sacar rendimiento monetario y beneficios, especialmente cuando hablamos de uno de los efectos más populares, conocidos y al alza: la ludificación (gamificación) de cualquier aspecto de nuestra vida cotidiana, incluyendo (¿cómo no?) el mundo laboral... ludificación que llevada al extremo da como resultado la premisa (no tan descabellada) de la película: un programa de telerrealidad donde los participantes son perseguidos por la ciudad (un mejoramiento muy sustancial de la premisa de la versión anterior, donde eran perseguidos en un plató cerrado). Para entender correctamente el asunto de la ludificación cual moda cada vez más implantada y que nos incumbe a todos (sí, a ti también) lo mejor sería leer el libro TE LA HAN JUGADO. Cómo las empresas, los gobiernos y las escuelas utilizan los juegos para controlarnos a todos (Alianza editorial, Madrid, 2024) de Adrian Hon.


Uno de mis aspectos favoritos que diferencia esta nueva versión de la anterior película es cómo se plasma algo que está a la orden del día, cada vez más ubicuo, cada vez más implantado en nuestra sociedad: la manipulación de los hechos para adecuar la realidad a cualquier engaño, embaucamiento, trampa o mentira interesada. 

Y he aquí otro aspecto para reflexionar a fondo: ¿qué interés podría tener mentir si no es salir siempre beneficiado de una manera u otra, especialmente impune o con las consecuencias atenuadas si se trata de un delito o un crimen? 

La mentira como la distorsión suprema de la cognición y la evasión de cualquier tipo de responsabilidad. 

La mentira como manifestación narcisista del yo, ego en latín, llevada al extremo en la psicopatía, donde lo único que importa es la satisfacción propia de los impulsos, las desviaciones, las perversiones, la avaricia, la codicia. 

Así es como el protagonista descubre por primera vez lo que luego se repetirá tanto a lo largo de la película como al final: la manipulación de la verdad, es decir, de los hechos, para adecuarse a la narrativa que se está contando, siempre dependiente de los niveles de audiencia, cuyo significado se traduce en lo mismo una y otra vez: productividad monetaria.


Todo lo demás después de esta primera media hora (casi dos horas) creo que ya está dicho y analizarlo sería, probablemente, alargar más un post muy largo de por sí, así como redundante. Me parece que las ideas esenciales ya están plasmadas y ahora cada cual puede seguir sacando conclusiones propias si ve la película al completo. Pero no sin antes despedirme con unas palabras de Ben Richards:

"Ya voy pillando cómo funciona el concurso. Da igual que yo gane o pierda. Solo importan las audiencias. Importa cuánto caos pueda sembrar. Voy a llevar esto hasta sus últimas consecuencias"

P.D.

La reflexión final.

¿Qué credibilidad puede tener un gilipollas incoherente de mierda que escribe un post de crítica a la mercantilización monetizada de la sociedad civilizada en un blog de Blogger (la sangre vital y esencia de lo que está criticando) y publicita películas hollywoodienses de gran presupuesto y libros publicados por grandes grupos editoriales que son parte del problema puesto de relieve?

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