Vuelve el mejor Krishnamurti (restableciendo la presencia metafísica de Krishnaji)

Martes, 30 de junio de 2026.

18:35.

Último día del mes donde toda nuestra vida volvió a cambiar con intensidad hace apenas tres semanas.

Cómo son las cosas de la vida y cómo suceden los acontecimientos de esa misma vida para que todo vaya a su sitio.

Sitio que nunca puedes averiguar ni conocer de antemano mientras las circunstancias están desarrollándose por sí solas.

Definitivamente no me cabe mucha duda sobre la ilusión volitiva primaria, es decir, creer que todo funciona gracias a nuestra voluntad.

Nada lo hace así, pero hasta cuando lo sabemos, lo tenemos claro o al menos lo intuimos, es inevitable seguir funcionando.

Es la ilusión de control. La ilusión de que controlamos algo: nuestra vida... nuestro trabajo... nuestra pareja... nuestras propiedades.

Martes, 30 de junio de 2026.

19:20.

Vuelve inesperadamente Krishnamurti a mi vida hoy.


Si todavía no has leído nada de Krishnamurti, ya estás tardando. Te lo digo sinceramente y de corazón. No es una sugerencia ni una opción. Ya estás tardando. Si has leído algo suyo y te llegó de alguna manera (si no lo hizo... lo siento mucho por ti), bueno, te imagino ahora mismo esbozando una sonrisa de complicidad, pues ya sabes de lo que hablo. Porque el mundo se podría dividir perfectamente en dos tipos de personas: los que han leído algo de Krishnamurti y los que no lo han hecho. A su vez tendríamos dos subdivisiones: los que han captado algo de lo leído y los que no han captado nada. 

Si hubo un tiempo que necesitó a Krishnamurti más que nunca, este actual y en curso lo supera en necesidad con creces. Porque Krishnamurti es la máxima rareza humana en mi opinión. Nadie habló como él ni enfocó los asuntos a su manera. Y esa singular manera alejada de todo lo conocido (más allá de cualquier abordaje religioso, filosófico, político, artístico o científico) no había sucedido antes ni ha vuelto a suceder después (hasta hoy), aunque imitadores ha tenido y no pocos (ninguno que le llegara ni a la suela de los zapatos). De ahí que casi nadie le captara ni entendiera muy bien, pues hablaba desde unas posiciones y lugares que desconocemos. 

Arreglo a la trayectoria vital en estos menesteres, mi interpretación subjetiva es inequívoca: podemos saber el nivel de apego y arraigo a un sistema personal condicionado de creencias que tiene un ser humano según su reacción ante la exposición a Krishnamurti. A pesar de llevar cuarenta años muerto (los cumplió hace cuatro meses y medio) sigue vivo a través de sus libros, que son transcripciones de aquella actividad que le caracterizó: conferencias y diálogos. No se dedicó a escribir sino a dialogar. Y su diálogo no tuvo parangón. Era más que socrático. Una forma de diálogo a la que no estamos acostumbrados, sin duda. Nada, pero nada acostumbrados. Ni se enseña, ni se muestra, ni se ejerce porque ni se entiende. Krishnamurti fue una especie de "marciano" intentando dialogar con terrícolas. Imposible la comunicación. Pero no obstante considero de gran relevancia seguir intentándolo.

Krishnamurti llegó a mi vida en 1996 para quedarse. Como ya lo conté al dar comienzo este blog, si por algún motivo (no se me ocurre ninguno) te interesa algo más que el resumen, está aquí: Jiddu Krishnamurti o el "antivirus" psíquico: "reformateo" del sistema operativo de creencias y desarrollo de la mayor teoría del descondicionamiento mental jamás expuesta. Aunque luego vinieron cosas que no recuerdo si conté. Y con un título así de largo tampoco a mí me apetece visitarlo ni mucho menos revisarlo. Vamos allá y si me repito... pues me repito.

Corría el 31 de diciembre de 1999 a toda velocidad. Últimas horas de un año, una década y simultáneamente un siglo y un milenio. Mientras celebraba la nochevieja con mis amigos Charly, Gustavo y Dani en una casita de campo que había construido el padre (albañil) del último amigo, el "Fresh", derramándose ríos desbordados de sangría casera preparada en una cuba de muchos litros, bebiendo y bailando en un desenfreno dionisíaco neopagano, se consumó la idea que había estado rondándome por la cabeza unos días antes: empezar la entrada al siglo veintiuno, tercer milenio, liberándome de toda la biblioteca que llevaba casi un lustro acumulando en la habitación del piso de mis padres, sito en la recta final de la calle Santa Rosa de Alcoy, desde que me iniciara en el placer y vicio incurable de la lectura. El estímulo vino de haber pasado los cuatro años anteriores leyendo libros de Krishnamurti. De repente, sus reflexiones y diálogos mucho más que socráticos me llevaron a realizar un acto simbólico y mágico, cuya declaración de intenciones fue inequívoca: tomo la senda de la liberación definitiva, cuyo comienzo es el descondicionamiento mental sostenido: una verdadera liberación que se precie en serlo no es física ni material (y eso que poco nos cuesta más que liberarnos de nuestras posesiones materiales en una sociedad que solo estimula el deseo y la acaparación acumulativa) sino mental y emocional. Lo más difícil es liberarnos de nuestra identidad y sus creencias, pues ello hace que nos sintamos alguien y nadie puede vivir si no es alguien. Pero el sentimiento de pertenencia (como Krishnamurti puso de relieve durante 59 años de actividad dialógica pública) siempre acaba siendo la trampa que nos atrapa y esclaviza psicológicamente hablando, alterando nuestro comportamiento.

A partir de ese acto simbólico inicial sentí una liberación que nunca había sentido con anterioridad y ello dejó huella imperecedera en mi interior, cogiendo la costumbre de cuestionar, dudar, revisar y corregir mis propias opiniones, sesgos, creencias... algo que, por desgracia y visto lo visto en esta gris, triste, oscura, crispada y disfuncional época de verdades absolutas (como siempre) no todo el mundo se puede permitir.

Krishnamurti empezó a oscilar en mi vida por épocas y etapas vitales, yendo y viniendo según mi necesidad de soltar algo cuando se estaba aferrando a mi sistema de creencias o alargándose en exceso. Y en cada regreso (como también sucedía con los retornos del Tao a mi vida) me hacía una "puesta a punto". Nada "reformatea" y "reinicia" el sistema operativo de creencias humano como Krishnamurti. Sigue vigente hoy igual (o más) que hace casi un siglo, cuando dio el pistoletazo de salida con su charla La verdad es una tierra sin caminos (el discurso de disolución) el 3 de agosto de 1929.

El primer regreso ultrapotente sucedió el 11 de septiembre de 2008. Por aquella época llevaba un año y medio estudiando y aplicando la reinterpretación subjetiva neoadvaita que se inventó el ex banquero hindú reconvertido en gurú de vedanta advaita Ramesh S. Balsekar (1917-2009), cuya mejor aportación y legado que me dejó fue aquello que llamé "la corrección del error volitivo". En esa época vivía en el piso que mis padres compraron en la calle Azorín de Alicante para veranear, un mes antes de nacer yo. Trabajaba en una gasolinera Tamoil cercana, pero le quedaban solo ocho meses a esa extensa etapa de casi un lustro. Aquel día en particular acudí a la tienda Fnac Bulevar y me compré varios libros de Krishnamurti. Simultáneamente empecé a registrar mis escritos amanuenses espontáneos y esporádicos en cuadernos Moleskine de 240 páginas y tapas duras, en color negro. Fue un descubrimiento importante estos cuadernos, aunque no volvería a usarlos hasta casi trece años después. Y ese regreso ultrapotente de Krishnamurti a mi vida estimuló una significativa síntesis con el pensamiento de Balsekar que preparó la iniciación al pensamiento no dual, derivando poco más de un año después en mi primer proyecto vital, Actitud Consciente.

Luego pasaron un buen puñado de años antes de volver a reconectar en profundidad con Krishnamurti. Nunca me olvidé de él y sus reflexiones, así como diálogos únicos. El 14 de febrero de 2013 me fui a Orihuela para empezar una nueva vida totalmente desvinculada de mi pasado (que había transcurrido entre Alcoy y Alicante) con mi mujer. Es cierto que allá por 2015 o 2016 (si mal no recuerdo) intenté volver a releerlo, pero no surgía la chispa, aparte de estar metido en otros asuntos y vivencias. Desistí. Llegó el verano de 2019 y con él llegaron a su vez turbulencias significativas: el abandono de la primera vivienda de alquiler, una dana y el comienzo de la difícil etapa en "el zulo" (infravivienda de propiedad familiar ubicada en un barrio marginal). Por si no fuera poco llegó 2020 y el covid. Esa sí que fue la etapa más difícil de mi vida hasta el momento con diferencia y encima en "el zulo". Krishnamurti siguió sin hacer acto de presencia, pues no tenía conexión con sus libros. Pero todo cambió el 5 de agosto de 2022. Ese día encontré un libro de Krishnamurti que se había publicado cuatro meses antes: MENTE EN SILENCIO (Kairós, Barcelona, 2022). Era un libro inédito en castellano, cuyo original en inglés lo había publicado la Krishnamurti Foundation Trust (KFT) en 2019. Aunque parecía lo mismo, no tenía nada que ver. Se trataba de una singularidad única e irrepetible, pues no estaba compuesto por transcripciones de charlas y diálogos, sino por inusuales escritos de su puño y letra, algo que Krishnamurti rara vez hizo en la vida (exceptuando los dos diarios).




Un mes y medio después la lectura (y varias relecturas) del libro estimuló un proyecto que consistía en "establecer la presencia metafísica de Krishnaji" (nombre dado a Krishnamurti cariñosamente por sus amigos y allegados), consistente en leer con una atención selectiva consciente los capítulos donde se plasmaban unas potentes reflexiones lúcidas sin parangón y luego mantener el silencio mental interno observando la realidad sin interpretar ni emitir un solo juicio de valor sobre nada, con la intención de alargar lo máximo posible ese silencio. 

El motivo por el cual el proyecto se puso en marcha el 18 de septiembre de 2022 derivó de un descubrimiento que hice durante la lectura de todo el libro y en especial de varias relecturas exclusivas solo de las potentes reflexiones, que señalé con un marcador de color amarillo. Para los interesados acudir aquí: 'MENTE EN SILENCIO' de Jiddu Krishnamurti (reseña).




Ese descubrimiento fue fortuito pero sorprendente e inesperado: cada lectura atenta de una reflexión provocaba cierto estado de silencio mental interno que permitía la presencia de Krishnamurti. Al no estar vivo ni tener cuerpo, mente y sus agregados (identidad personal o yo, ego en latín), esa presencia no era física ni psíquica, sino metafísica (rememorándolo a través de la lectura de sus reflexiones). Durante los siguientes meses comprobé en mi propia experiencia vital cotidiana la fuerza, el poder y la intensidad que tenía "establecer la presencia metafísica de Krishnaji". Pero no menos interesante fue descubrir que simultáneamente era contrarrestada por la inercia común, corriente y mayoritaria de la inconscienciación automatizada (aunque también automatización inconscienciada) que predomina en todos los seres humanos como modus operandi. Porque, debido a un motivo u otro, esa inconscienciación y/o automatización forma parte ineludible de nuestra vida como humanos. Además, esa inconscienciación y/o automatización inercial hoy es más grande, intensa y absorbente que nunca, pues nunca hemos sido 8.300 millones de personas (cuando Krishnamurti murió éramos 4.958 millones; cuando Krishnamurti dio el discurso de disolución éramos apenas 2.000 millones). 

Los hechos me llevan a concluir que cuantos más seres humanos somos más se intensifica la inconscienciación y/o automatización, por tanto se vuelve más difícil sostener un silencio mental interno (de ahí que el mundo esté más polarizado, dividido, enfadado y enfrentado) y sostener aquello que permite "establecer la presencia metafísica de Krishnaji": la lucidez metacognitiva (salir un momento de nuestro sistema de creencias y aplicar una observación total de la realidad sin implicación personal). Ese hecho me lleva a concluir (como especulación personal subjetiva) que, tal vez, no sea una inercia biológica (a nivel neurológico), sino parte de la mecánica de funcionamiento socializada de la civilización, es decir, que para que una sociedad civilizada sea viable y sostenible es imprescindible (al menos desde que empezó la civilización y hasta hoy) la inconscienciación automatizada, así como la automatización inconscienciada, generando lo que hubo, hay y muy probablemente seguirá habiendo. De ahí que la única salida sea individual (como siempre ha intuido el orientalismo y también Krishnamurti), mediante la obtención de una liberación definitiva (que nunca, al menos de momento, podrá ser colectiva).

Como nos sucede a todos, por muy conscientes que estemos y mucha lucidez metacognitiva que tengamos, más pronto que tarde las dinámicas pendulares inerciales inconscienciadas y/o automatizadas de la sociedad nos absorben inevitablemente en lo cotidiano y sus ritmos sincopados (la constante distracción masiva del foco de atención). Por ese motivo la dificultad para mantener un mínimo de lucidez metacognitiva sostenida implica que "establezcamos la presencia metafísica de Krishnaji" a menudo. Hasta el momento no se ha publicado nada capaz de establecer esa presencia citada como MENTE EN SILENCIO arreglo a mi dilatada experiencia. Así que si te interesa (o resuena) lo más mínimo algo de lo que te estoy contando en este post, deberías comprarte el libro verde y empezar a trabajar con él cuanto antes (destacando las reflexiones señaladas con marcador amarillo).

Durante los cerca de cuatro años transcurridos desde la aparición del libro verde, las editoriales especializadas en orientalismo, esoterocultismo y espiritualidad han seguido publicando libros de Krishnamurti, contratados a través de las fundaciones creadas en su momento para preservar el legado (y... ¿cómo no?... manejar los millonarios derechos de autor), ya que el mensaje krishnamurtiano es imperecedero (está más allá de cualquier moda editorial) y siempre necesario (ahora más que antes en mi opinión). Por ese motivo, cuando sale a la venta una novedad editorial de Krishnamurti, le echó una atenta ojeada escrutadora y exhaustiva, para ver si es interesante y tiene potencial o no. Por norma general, la aplastante mayoría de novedades editoriales de Krishnamurti no aportan nada esencial a lo que ya hay, pero esta mañana ha vuelto a darse una circunstancia inusual y prometedora en la librería 80 Mundos de Alicante.

Cómo encontrar la paz EN UN MUNDO DESAFIANTE es uno de esos libros raros de Krishnamurti que desafían la ordenación convencional que durante décadas tuvieron sus libros a nivel editorial. En este caso las fundaciones están haciendo un trabajo encomiable (y muy de agradecer) a mi parecer, pues se encuentran inmersas en una constante revisión y reordenación de la amplia cantidad de materiales krishnamurtianos, para enfocarlos selectivamente hacia los problemas más acuciantes de la actualidad. Por eso la llegada ahora mismo de Cómo encontrar la paz EN UN MUNDO DESAFIANTE no podría ser más apropiada en mi opinión.


La edición original en inglés se publicó en 2023 y la traducción, así como perfecta edición en castellano, ha corrido a cargo de Kōan Libros, una interesante editorial española independiente de no muy largo recorrido, especializada en autoconocimiento y espiritualidad, con ediciones de calidad pero a muy buenos precios.


Mi ejemplar de Cómo encontrar la paz EN UN MUNDO DESAFIANTE es una primera edición publicada en junio de 2026.


El libro tiene 192 páginas y se divide en una pequeña explicación sobre la presente edición, una introducción, diez capítulos numerados y titulados, así como las fuentes. Vale 18,90 euros.


Martes, 30 de junio de 2026.

22:26.

Acabo de llegar a casa tras caminar por la mota del río Segura. El calor, acuciante y el sudar sin parar, agotador. He leído hasta la página 71. Empieza el cuarto capítulo SOBRE LA POLÍTICA. Voy a descansar y mañana retomo la lectura.

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