Sobre Lovecraft y 'el necronomicón'
Definitivamente el caso personal y particular de Lovecraft a nivel histórico (y literario) para mí demuestra el tipo de mundo (mierdoso) que hemos inventado los seres humanostias de canto. Y que todos sostenemos de una manera o de otra. Lo digo así, tal y como lo siento, sinceramente (lo cual no significa que sea así; solo es una percepción subjetiva y opinión [también mierdosa] que hoy me apetece compartir por aquí para quien le apetezca leerla).
El pasado viernes, 12 de junio de 2026 salí de Códex con el libro CÓMO LEER MENTES, sí, pero también vi una pila de libros con ejemplares de una novedad editorial ineludible, que en principio no supe cómo interpretar ni tampoco entendí muy bien de qué se trataba, como luego veremos por qué, hasta que me dediqué a escrutar un poco el ejemplar situado encima de todos.
Evidentemente esto solo sucede (hasta donde sé y recuerdo) con el genio de Providence.
Espacio: literatura de género (fantasía, terror y ciencia ficción).
Autor: H. P. Lovecraft (maestro indiscutible en los tres aspectos de la literatura de género).
Sí... bueno... se habla siempre de Lovecraft (a nivel popular) como escritor de terror y aunque es cierto que escribió bastante sobre ese género literario (con un dominio tal, absoluto, innovador y disruptivo, que difícilmente encontrarás a un escritor posterior del género que no esté influenciado por él, inventando incluso su propio subgénero: el horror cósmico), ni de lejos es el único género en el que escribió. Su dominio llegó a la ciencia ficción (donde fue uno de los pioneros más creativos e innovadores décadas antes de que se estableciera el género como tal) y también la fantasía (aunque su deslumbramiento dunsanyano tal vez hizo que flojeara un poco más en este género, aunque eso sería discutible, pues tampoco lo tengo claro del todo).
Hoy toca hablar largo y tendido del genio de Providence, según mi ignorante (y tal vez pedante) opinión, pues... ¿qué sé de Lovecraft? Sinceramente, poco (en el mejor de los casos). De ahí que no pueda (ni deba) hablar como experto o crítico, ya que no lo soy. Por tanto, corrijo y rectifico lo dicho unas líneas más arriba: hoy toca hablar de mis impresiones especulativas sobre lo que lleva despertando en mí el genio de Providence desde que lo leyera por primera vez en serio hace una década, aproximadamente.
Howard Phillips Lovecraft fue un escritor estadounidense del siglo XX, de corta vida y trayectoria, aunque sus breves y limitadas creaciones (debido a que murió con 46 años de edad) fueron tratadas como basura pseudoliteraria en vida (todavía hay muchos críticos literarios que lo piensan), pero transcurrido el tiempo no solo se revalorizaron, sino que han influido a la aplastante mayoría de escritores universales (tanto conocidos y aclamados como desconocidos y olvidados) del género de terror en principio (aunque no solo).
Lovecraft nació en Providence, Rhode Island, Nueva Inglaterra, Estados Unidos el 20 de agosto de 1890 y murió en el mismo lugar el 15 de marzo de 1937 debido a un cáncer del intestino delgado. Su escueta producción literaria fue de nicho, escribiendo en su mayoría relatos (unos setenta) y seis novelas cortas (con algún que otro ensayo también corto, aunque el grueso con diferencia de su producción escrita fue correspondencia epistolar) dentro de la llamada literatura pulp, un fenómeno literario anglosajón popular de masas que tuvo lugar entre las décadas de 1920 y 1950 aproximadamente, basado en la publicación de revistas con periodicidad mensual, de gran tirada y mucha demanda (por lo que algunas optaron por una periodicidad quincenal e incluso semanal), impresas en papel barato de muy poca calidad (de ahí el nombre del fenómeno, que hace referencia a la pulpa de celulosa con el que se imprimían).
Lovecraft era un genio literario demasiado adelantado a su tiempo, por eso solo encontró un nicho de mercado para sus innovadores, creativos y disruptivos escritos en las revistas pulp citadas, que establecieron un subgénero propio: la ficción rara o weird fiction en inglés. Nunca publicó nada en vida (bueno... al parecer sí pudo ver una novela corta publicada un año antes de morir, aunque en una pequeñísima edición privada) más allá de estas revistas que, a pesar de su rotundo éxito y formato de grandes tiradas de ejemplares a la venta, los editores pagaban una miseria a sus colaboradores. Por ese motivo, vivió de forma austera y al borde de la pobreza parte de su vida, sustentado a duras penas por su familia y los trabajos de corrección literaria, pero también de escritor fantasma que tuvo que aceptar para malvivir. Aunque el hecho de no acabar en el olvido literario no fue porque se valoraran sus escritos a tiempo vencido por parte de la crítica literaria (que sigue sin hacerlo), sino por una casualidad histórica conyuntural, pero de las más fascinantes que existen en toda la historia de la literatura: debido a la generosidad literaria para con sus coetáneos que le caracterizaba, surgió una especie de movimiento informal que se vino llamando el Círculo de Lovecraft. A pesar del nombre, el genio de Providence nunca lo estableció como tal ni tampoco ejerció de líder, algo ajeno a su naturaleza y forma de ser. Simplemente surgió de su afán por establecer relaciones epistolares con escritores jóvenes y/o aspirantes a escritor que tenían sus mismos intereses y afinidades (hoy en día diríamos que eran friquis).
Dos años después de su prematura muerte, un par de miembros del Círculo (August Derleth y Donald Wandrei) fundaron la editorial Arkham House en memoria del maestro (recordemos que Arkham es el nombre de una ciudad ficticia de Nueva Inglaterra inventada por Lovecraft y donde transcurren unos cuantos de sus relatos). Sorprendentemente la editorial tuvo tanto éxito que se convirtió en una de las referencias editoriales estadounidenses en literatura de género, destacando la calidad de sus publicaciones. Por ese motivo Lovecraft no pereció en el olvido y hoy es el escritor más influyente en la literatura de género, destacando el terror, como ya vimos más arriba.
Por eso esto no hubiera ido a ningún lugar si no llega a ser por la peculiaridad personal que caracterizó a Lovecraft en ese aspecto: a pesar de ser muy severo consigo mismo a nivel literario (consideraba que escribía mal y murió con la certeza de que no había escrito nada bueno ni de provecho en su corta aunque productiva vida literaria), jamás tuvo una palabra mala o de desaliento para con sus coetáneos y lo que escribían, ayudándoles en todo lo que pudo, sin pedir nada a cambio. Y tampoco se apropió de sus significativas creaciones literarias, alentando a todos sus amigos del Círculo para que las usaran y modificaran como quisieran.
Hoy en día esas creaciones son tan significativas y trascendentes a tantos niveles (como muy pronto veremos) que tienen un valor incalculable. Porque la literatura lovecraftiana ha permeado no solo la cultura popular en cualquier medio artístico, sino también aspectos que van mucho más allá, como la filosofía, la religión, la mitología o el ocultismo, siendo el más claro ejemplo irrepetible hasta el momento de esa concepción alanmooreana de la magia ocultista llevada a efecto: la magia es arte y todo arte es magia. En breve nos daremos cuenta de cómo esto se ha cumplido a la perfección con al menos una de las creaciones lovecraftianas que llegaron, en el último cuarto del siglo XX, a trascender la mera literatura de ficción, hasta el punto de haber gente hoy en día que sigue creyendo lo increíble, independizándose esa creación de su autor.
Me refiero al objetivamente grimorio más poderoso por definición de toda la historia humana, en el sentido alanmooreano de la palabra: el necronomicón.
El necronomicón. Todo el mundo ha oído hablar del necronomicón y tiene una opinión personal sobre el necronomicón, a menos que sea alguien a quien no le guste nada el género del terror.
El necronomicón aparece en infinidad de películas, novelas, relatos, juegos de rol, videojuegos e incluso canciones. Pero casi todo lo que creemos saber sobre el necronomicón, a menos que seamos exégetas literarios especialistas en Lovecraft, suele ser rotundamente falso. O al menos está distorsionado. Empezando por la definición etimológica, con intentos de traducción, la aplastante mayoría de veces erróneos, incluso en estudiosos y exégetas especializados (significa en griego 'las leyes que gobiernan a los muertos', de nekros- 'muerto' y nomikos 'relativo a la ley').
Aunque por norma general las peores opiniones (debido a su falsedad equivocada a propósito) han sido emitidas y perpetuadas por los ocultistas más emblemáticos de la segunda mitad del siglo XX, siendo el británico Kenneth Grant (1924-2011) quien dio el pistoletazo de salida (a mediados del siglo XX) y terminando en la actualidad con Asenath Mason (junto a la mayoría de senderos de la mano izquierda), a través de Peter J. Carroll (1953-2026) y el resto de magos caotas (a destacar Phil Hine), quienes fueron los pioneros en la popularización de la adaptación de la literaria mitología lovecraftiana aplicada a los trabajos prácticos de magia del caos, dando todo ello como resultado la creación de un pseudonecronomicón hecho pasar como el "verdadero" necronomicón que pretende ser un grimorio histórico, transformando una creación literaria de ficción en un presunto libro de hechizos "real", que lleva 49 años siendo usado por infinidad de magos ocultistas, satanistas, draconianos y luciferinos (entre otros senderos de la mano izquierda), con reclamo de autenticidad histórica verídica.
Por ese motivo considero de gran relevancia la última publicación que lanzó a la venta Duomo Ediciones, primera editorial española filial europea del Gruppo editoriale Mauri Spagnol (GeMS) italiano, el pasado lunes, 15 de junio de 2026 (aunque, como suele sucederme, encontré los ejemplares en Códex tres días antes, recién llegados): el necronomicón. Es decir, los relatos de las Leyes de los Muertos inspirado en el grimorio del árabe loco Abdul Alhazred. Todavía estaban "calientes", recién salidos de la imprenta, con la tinta fresca, sin secar... y el pegamento sin fijar del todo la encuadernación (o casi casi).
¿Otra edición más de la literatura lovecraftiana?
Sí... rotunda y definitivamente sí.
He aquí otro punto y aspecto esencial que diferencia a Lovecraft del resto: hace cuatro décadas que en España no para de reeditarse su obra, tanto al completo como parcial, con traducciones, enfoques, temáticas y estudios diferentes, así como diferenciados. Y sorprendentemente, aunque parezca otro capricho del omnívoro insaciable (por acaparar el vil metal, poderoso caballero) y gran depredador mundo editorial (ahora basado en monopolios impersonales monstruosos y nada amigables con el ser humano [autores y lectores], que podrían formar perfecta parte del panteón mitológico lovecraftiano sin duda), cada edición nueva es única, irrepetible y diferente al resto en varios aspectos. Por ese motivo es muy regocijante para un paladar lectobibliófilo selecto, que no se conforma con cualquier cosa (chapuzas editoriales infumables e insultantes, como el intento reseñado en el post anterior que acabó decepcionándome al máximo, a pesar de terminar su lectura a duras penas y forzando el asunto), la llegada de esta nueva edición, recién salida de la imprenta pocos días atrás, de el necronomicón.
Lo primero que me produjo esta novedad editorial fue el inevitable y cortocircuitante (por segundos) choque mental confuso de no saber ante lo que estaba, cortesía de la imaginación lovecraftiana devenida en alanmooreana magia ocultista posmoderna, pues... ¿a qué interpretación e idea del necronomicón se refería el título del fascinante libro, en tapas duras y altamente evocador en el magnífico diseño artístico para vender ejemplares como churros (finalidad real desocultada y ni siquiera disimulada en un gran grupo editorial propietario de tropecientos sellos, no nos engañemos)? Porque el libro era engañoso desde el principio y Duomo Ediciones (que por otra parte me encanta [con matices, destacando la pésima calidad del papel]) me la coló como ninguna editorial ha conseguido colármela con el genio de Providence (¡bravo por vosotros, Duomo! Os aplaudo con sinceridad).
Hasta que vi la referencia a Lovecraft en la parte baja de la portada (perdido en el magnífico diseño e ilustración de esa fabulosa portada, cual auténtico grimorio renacentista del siglo XVI) solo podía pensar en el infame Simon y su mayor impostura literaria: reclamar el necronomicón desde una irritante invención ocultista sin imaginación ni creatividad alguna que, por descontado, no le llega ni a la suela de los zapatos a lo que pretende ser el verdadero necronomicón lovecraftiano, reduciéndolo a un compendio de mitología sumeria como mucho, con algún toque o pincelada ligeramente lovecraftiana.
Nunca ha dejado de sorprenderme (en extremadamente negativo sentido) la absoluta falta de imaginación ocultista, desde que el ridículo (a mi juicio) Éliphas Lévi se inventara el concepto de ocultismo para equipararlo a las grandes doctrinas del momento (segunda mitad del siglo XIX): romanticismo y socialismo. ¡Qué daño nos han hecho las religiones abrahámicas del libro! Tres religiones intransigentes y autoritarias (¿acaso alguna no lo es en mayor o menor medida?) capaces de subyugar a generaciones y generaciones enteras de seres humanos en todo el mundo, para aniquilar cualquier imaginación que vaya más allá de unas creencias infantiloides pero de un condicionamiento casi imposible de superar.
Por eso siempre me sorprendió el caso de Lovecraft, un personaje arquetípico de su época, con insostenibles creencias políticas, socializadas cual moda de aquel momento (no, evidentemente el fascismo italiano y el nazismo alemán no fueron regímenes salidos de la nada, ni los alemanes enloquecieron de repente ante un furibundo cantamañanas histérico de bigotillo caricaturesco), hoy totalmente desfasadas y anacrónicas, aunque por desgracia vuelven a invadirnos (como no podía ser de otra forma en nuestra singular especie antropocentrada en sus cegueras ideológicas) tras una serie de cambios tecnológicos que nos la han colado de nuevo, con lo de siempre, como siempre (automatización inconscienciadora), para lo de siempre (sacar rendimiento, beneficio, monetización... la humanidad atrapada perpetuamente en su "rueda del hámster"): a pesar de todo, tuvo la lucidez metacognitiva de ver lo evidente, siendo incapaz de entender, para mayor asombro suyo, cómo las personas más inteligentes e instruidas de su época seguían pudiendo creer en una patraña tan infantil e infumable como el cristianismo (aunque comparto por completo las apreciaciones lovecraftianas sobre el cristianismo y por extensión las religiones abrahámicas del libro, no obstante matizo que esto solo son opiniones subjetivas). De ahí que a mi juicio fuera capaz de crear lo que a nivel literario creó. Algo verdaderamente único, disruptivo, diferente, extraterrestre (de manera literal, no eufemística) y sin parangón... que también a mi juicio pocas personas han entendido de verdad en toda su multidimensionalidad polifacética.
Bueno... imagino que a estas alturas alguien estará pensando en las creaciones del considerado maestro universal de la literatura fantástica, creador de la llamada alta fantasía o fantasía épica, John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973). Un magnífico escritor desde el punto de vista lingüístico y literario, sin duda, pero un pésimo creador de mundos de fantasía sin la mínima imaginación, como sucede con la aplastante mayoría de escritores anglosajones, pero también cineastas, tan condicionados por su sistema de creencias (directamente cristiano o indirectamente influenciado por su entorno cristiano) que son incapaces de inventar ni escenificar nada que vaya más allá del infantiloide argumento central de la moral abrahámica axiomática sobre el bien y el mal como conceptos absolutos. La única excepción a la regla que se me ocurre sería Michael Moorcock. Ni siquiera el aclamado George Raymond Richard Martin. Aunque sin duda nada se acerca a Lovecraft en imaginación extraterrestre (entendida como fuera de la planetaria mentalidad antropocentrada cual excepcionalismo humanista especial). Y solo hay que echar un vistazo a la historia occidental para ver las obvias consecuencias de ese excepcionalismo antropocentrado que nos hace creer en lo especiales y morales y buenos y éticos y poseedores de la verdad absoluta y el bien y los favores divinos que somos... hoy extendido todo ello a las redes sociales y sus consecuencias.
Después de haberlo estudiado a fondo durante años, obsesionado personalmente por atravesar el velo de la realidad y alcanzar un pequeño vislumbre de lo que hay más allá de ese velo, tras descubrir los libros de Jiddu Krishnamurti (1895-1986) en algún momento de 1996 y entender de inmediato el poder condicionante de las creencias, que nos lleva a sobredimensionar la verdadera realidad sobre nosotros mismos, me parece imprescindible releer y revisitar la literatura lovecraftiana cada vez que nos hayamos dedicado a desprendernos de alguna parte de nosotros mismos; del mayor apego que nos caracteriza, lo humano, como si fuera la medida de todas las cosas, cuando solo se trata de una diminuta cagarruta seca (ya nos gustaría ser al menos un buen zurullo de mierda cagada) a escala planetaria, no digamos galáctica ni cósmica.
Y resulta que Lovecraft escribió, creó, inventó e imaginó una literatura genuinamente extraterrestre, solo desasosegante o mínimamente inquietante para quien se aferra a lo humano como medida de todas las cosas. Incluso su amigo y miembro del Círculo Robert Ervin Howard (1906-1936) escribió, creó, inventó e imaginó una literatura terrestre, demasiado terrestre, como hacen todos los escritores, basada en la exaltación de lo humano engrandecido; lo humano encumbrado a través del cliché y arquetipo anglosajón de la heroicidad y la venganza, siendo el ejemplo más obvio el rey Kull de Atlantis, prototipo de la fantasía heroica en el subgénero de la espada y brujería, cuya reinvención directa fue el personaje más conocido y popular del autor, Conan de Cimmeria, donde la literatura de Howard alcanzó la cumbre de su interés personal íntimo: el conflicto dualista entre la civilización versus la barbarie (tomando claramente partido Howard por la barbarie). El problema de todo esto es que en el fondo estamos ante un falso dilema, pues la civilización y la barbarie son dos caras de la misma moneda.
Como podemos apreciar en la entrada 'Bárbaro' del libro El bestiario de Michel Foucault (Ediciones Akal, Tres Cantos, 2025), escrita por Ariadna Royo Simón: "adj. Que es en oposición, en detrimento a una civilización. A su vez, es la maldad y la invasión de la que carece el salvaje. El salvaje es ajeno a la civilización, previo a ella, la hace posible: el bárbaro necesita de la civilización previa a él, para su propia definición" (página 26).
Howard en mi opinión no es más que un escritor escenificando la decimónica exaltación romantizada de la excepcionalidad humana en su continuidad inconscienciada dentro de la "rueda del hámster" (que siga girando indefinidamente en antropozombificación repetitiva clonada), a través de sus personajes arquetípicos: Kull, Conan, Bran Mak Morn, Esau Cairn, Steve Costigan, no digamos ya Solomon Kane... nada nuevo bajo el sol... otro ejercicio literario de pura subjetividad antropocéntrica autoexaltada. Pero Lovecraft... Lovecraft establece unas nuevas reglas literarias donde lo humano literalmente no importa. Ni siquiera es antihumano, lo cual solo sería una vuelta de tuerca psicodramática romantizada y llevada al extremo. Ahí es donde reside lo extraterrestre objetivo de la mirada lovecraftiana: es irrelevancia absoluta; indiferencia para con lo humano. Lo humano expuesto en su verdad esencial, que no es más que pura fragilidad: nos creemos el centro del universo (no solo del planeta azul) y actuamos en consecuencia, porque hemos consensuado una serie de ilusiones de conocimiento subjetivo que tomamos como la medida de todo el conocimiento objetivo, comportándonos acorde a ello, con petulancia. Por ese motivo considero que ningún autor ha reflejado la verdad del ser humano como Lovecraft: estamos lejos de ser un personaje de Howard, de Tolkien, de Martin, incluso de Moorcock. Tal vez nos acercamos más a ser un personaje de Cervantes. Pero me parece que nada define lo que somos como los personajes de Lovecraft. Ignorantes y estúpidos idiotas que se creen lo más... hasta que un pequeño fragmento del velo que distorsiona las apariencias del insondable abismo inescrutable abre una pequeña rendija diminuta insignificante ridícula mínima y... entonces no solo nos cagamos meamos vomitamos encima, sino que enloquecemos. Esa es la maestría extraterrestre del foco observador ahumano imparcial objetivista radical que presentó la literatura lovecraftiana a mi estúpido e ignorante juicio y que nadie es capaz de asimilar (ni lo hará jamás) porque estamos apegados a lo humano, tan asustados por lo desconocido (como lo estaba el propio Lovecraft), que necesitamos estar toda la vida huyendo de la verdad oculta, a través de las distracciones constantes, de la afirmación perpetua, del psicodrama performativo de hablar como si supiéramos algo, cuando la única realidad de lo que aparentemente sabemos es que no tenemos ni puta idea de absolutamente nada a ningún puto nivel.
Por eso Lovecraft se transforma, a efectos prácticos de este blog, no solo en un escritor de literatura evasiva de género para distraernos un rato y luego continuar con nuestras vidas igual que siempre (como diría el también estadounidense heredero escritor lovecraftiano de terror Thomas Ligotti), o en todo caso para practicar magia ocultista posmodernizada, sino en el auténtico y genuino adalid de la liberación definitiva, según mi especulativa concepción particular de liberación definitiva, que va más allá de las filosofías hinduistas (sāmkhya, yoga, vedānta) y budistas de vida, cuya búsqueda final también es una concepción subjetiva de liberación definitiva como objetivo y meta de sus planteamientos vitales, aunque condicionada por ciertas creencias religiosas tradicionalistas que impiden alcanzar en realidad esa hipotética liberación, pues, al igual que sucede con Howard, la espuria e irritante cristianización maniquea (¿cómo no?) de la mitología lovecraftiana llevada a cabo por el escritor, editor y miembro del Círculo de Lovecraft August Derleth (1904-1971) para desvirtuar y ensuciar las creaciones originales con sus repelentes aportaciones (los dioses arquetípicos) que introdujeron la moral abrahámica en la mitología lovecraftiana, así como la repetitiva escenificación en bucle de los mismos temas humanos, cuyo trasfondo siempre es la defensa de la supremacía antropocéntrica, por parte de cualquier autor (con la honrosa excepción del citado Ligotti y que merece un estudio exegético aparte), nos alejan siempre de la liberación definitiva, para acabar anclándonos en la "rueda del hámster".
Por ese motivo ha llegado el momento de pasar a otras lecturas y usos de Lovecraft y su literatura como propuesta personal.
Entonces nada podría empezar mejor en este momento, a efectos de esa propuesta que establezco a partir de hoy, como la publicación de el necronomicón. Es decir, los relatos de las Leyes de los Muertos inspirados en el grimorio del árabe loco Abdul Alhazred.
Una de las peculiaridades más fascinante que tiene la literatura lovecraftiana a nivel editorial en mi opinión es la continua reedición de sus escritos agrupados por criterios temáticos tan distintos y diferenciados como necesarios. Al no tener su breve obra completa derechos de autor vigentes, tampoco hay absurdas limitaciones editoriales monopolizadoras por la misma mierda asquerosa y cansina de siempre (la mercantilización monetizable), lo cual abre el espacio a la creatividad de la reorganización literaria y los criterios de traducción, aunque siga siendo en el trasfondo la competencia para ver quién vende más ejemplares de su oferta final. ¿Qué relatos y novelas se incluirán en la composición última? ¿Qué criterios justificarán la nueva reedición? ¿Qué traductor o traductores se contratarán y por qué? Difícilmente encontremos otro autor en el negocio editorial que se preste como Lovecraft a estas consideraciones y que cada reedición sea única y diferente, aunque el trasfondo literario siempre sea el mismo.
En este caso nunca había visto ni leído una reordenación igual: cierta serie de relatos y alguna novela corta de la producción literaria lovecraftiana que fueron elegidos bajo el criterio necronomicónico, aunque en la mayoría de esos escritos reproducidos no aparece el necronomicón (pero se intuye en el trasfondo).
Esta edición fue publicada originalmente en italiano en 2017 por Mondadori y lo más importante de ella a mi parecer es que recupera los verdaderos orígenes del necronomicón para recontextualizarlo, después de varias décadas con un reclamo ocultista falso y reinventado por completo (aunque no deja de ser evocador y fascinante de todas formas) cuando a un personaje del mundo del ocultismo estadounidense de finales del siglo XX que escribe y publica bajo el pseudónimo de Simon (atribuido al escritor estadounidense especializado en historia del ocultismo Peter Levenda) se le ocurrió inventar un pseudonecronomicón que reclamó a partir de entonces (fue publicado originalmente en inglés en 1977) como el presuntamente verdadero necronomicón, usando al árabe loco Abdul Alhazred como hipotético personaje histórico al que le atribuye la autoría de ese pseudonecronomicón (en realidad el árabe loco fue una creación de Lovecraft en su infancia, como alter ego propio, tras leer 'Las mil y una noches', por tanto Abdul Alhazred no fue otro más que Lovecraft).
A partir de entonces se creó todo un fenómeno editorial anglosajón (como no podía ser de otra forma tras el rotundo éxito de ventas y demanda que tuvo el pseudonecronomicón ocultista) que ha perdurado hasta la actualidad, siendo reclamado por otros autores también ocultistas (así como el mismo Simon, que publicó un apéndice continuador de su pseudonecronomicón en 2006), destacando a Donald Tyson (que al menos se tomó la molestia de intentar crear un grimorio basado en la auténtica mitología lovecraftiana) y Asenath Mason.
No obstante, todos estos intentos no dejan de ser en esencia invenciones espurias y banales, lo veamos desde el aspecto o prisma que lo veamos, pues si precisamente algo caracteriza al necronomicón son dos aspectos: que no está terminado (por tanto es un grimorio etéreo o "astral" [en terminología ocultista] mucho más que físico) y que le habla a cada lector que se asoma a sus misterios según quién sea ese lector y lo preparado que esté para recibir una pequeña parte de esos misterios (aunque en realidad nadie humano lo está). Intentar plasmar el grimorio en papel es perder toda su fuerza y poder, neutralizándolo (y pudiendo llamar al intento de cualquier manera excepto necronomicón). El falso "necronomicón" de Simon, en el mejor de los casos es un grimorio de magia pseudomesopotámica.
Y por eso mismo esta reedición italiana (no anglosajona) de la literatura lovecraftiana en clave necronomicónica es tan significativa y relevante para los propósitos del blog, pues abordaremos el necronomicón de la única manera posible: indirectamente, de refilón, mediante sugerencias que nos van sumergiendo en su profunda oscuridad insondable y desconocida, a medida que vamos avanzando en la lectura de los relatos tal y como están ordenados en el libro, obteniendo como resultado lo más parecido a la experiencia de vivir el verdadero necronomicón.
Aunque Duomo Ediciones fue fundada en 2009, yo no empecé a leer y apreciar de verdad sus libros (o al menos no tengo noción de haberlo hecho antes) hasta que leí la autobiografía del ex boxeador estadounidense Mike Tyson TODA LA VERDAD (Duomo ediciones, Barcelona, 2015). A partir de ese momento descubrí la colección DUOMO NEFELIBATA que me enamoró al instante. Pero como sucede con cualquier editorial comercial (o al menos enfocada en lo comercial) la mayor parte de lo que publican no me interesa. Y también me enfrenté al otro aspecto presentado por una editorial de estas características: el intento de equilibrio entre continente y contenido, con una calidad irregular y muy ajustada. Lo peor de todo es el papel usado. La impresión también es deficiente. Pero en este caso no me ha molestado lo más mínimo, pues ese papel barato y reciclado muy malo (evidente en lo más obvio, el excesivo y sospechoso poco peso para un libro encuadernado en tapas duras y que tiene 640 páginas) va acorde con la esencia real y literaria encarnada por la antología de relatos (y una sola novela corta) presentada en el necronomicón, ya que Lovecraft fue, en vida, un autor publicado en exclusiva por las revistas pulp ('Weird Tales' en particular), cuya característica principal era el tipo de papel barato (estilo periódico) que usa Duomo. Por otra parte me satisface en plenitud el trabajo de corrección ortográfica y ortotipográfica delicado que llevan a cabo, entendiendo que esto es fundamental para poder valorar bien un libro, al menos por mi parte.
Aunque lo más importante de todo para decantar la editorial (que ya se había ganado un lugar en mí como lector gracias a la colección NEFELIBATA antes citada) hacia una elevada valoración, han sido dos de las últimas apuestas editoriales llevadas a cabo en la segunda mitad del pasado año: por una parte recuperar la inclasificable novela experimental de terror posmodernista CASA DE HOJAS (Duomo ediciones, Barcelona, 2025) de Mark Z. Danielewski y por otra parte publicar la monumental obra maestra artística THE BOOK. GUÍA PARA RECONSTRUIR LA CIVILIZACIÓN (Duomo ediciones, Barcelona, 2025) de varios autores.
La diferencia la tenemos desde la apertura de la primera página, al girar la tapa grimorial de grueso y duro cartón color hueso, con un diseño artístico visual lovecraftiano absorbente, capaz de atraparte hechizándote un instante, mientras el conjunto de ese evocador diseño que remite a la imaginería de los grimorios renacentistas (con el título impreso y cortado igual que en un libro publicado en el siglo XVI o XVII, así como el símbolo que suele representar al falso necronomicón) ya nos avisa de lo que se nos viene encima: el viaje interior hacia el literario redescubrimiento de Lovecraft en clave necronomicónica, que no pudiendo ser de otra forma, nos enfrenta a la más pura oscuridad, con varias páginas impresas en negro.
Lo primero que nos pone en la pista de lo que se avecina está en una especie de declaración de intenciones impresa en letras blancas mayúsculas sobre fondo negro, cual negativo fotográfico simbólico del enfoque y abordaje presentado en esta selección antológica reordenada con un propósito específico. Esa declaración, ausente (al menos que yo sepa) de cualquier antología y/o edición completa de la narrativa lovecraftiana, es una preparación en toda regla, asociando el contenido de la obra de Lovecraft desde tres pilares (el sueño, el mito y el terror) que resultan ser las partes en que se subdivide (hipotéticamente) el necronomicón.
He ahí la importancia de esta nueva miscelánea antológica: aunque son los mismos relatos (cerca de una cincuentena, contando media decena en colaboración) y una de las seis novelas cortas, no obstante, el propósito e intención marca la diferencia total, que va regida y establecida desde el principio por la imprescindible 'Introducción' de Giuseppe Lippi (entre las páginas IX y XV).
Es esta imprescindible introdución la que marca el tempo y la diferencia que transforma la antología en otra cosa distinta, en relación a la lectura de los mismos relatos (aunque nunca en el mismo orden) que encontraremos en cualquier otra edición, por ejemplo, las dos antologías anteriores más recientes, también temáticas, que hace casi un año publicó una conocida editorial española especializada en ocultismo y espiritualidad (aunque en los últimos años ha diversificado mucho sus publicaciones): CICLO ONÍRICO (Editorial Edaf, Madrid, 2025) y LOS MITOS DE CTHULHU (Editorial Edaf, Madrid, 2025). Es una edición barata en rústica, aunque de calidad, con fascinantes portadas únicas, a cargo de León Arsenal y traducción de José Antonio Álvaro Garrido (el segundo es en realidad una reedición de la edición original en tapas duras y a todo lujo de 2016).
Porque aquí tenemos algo más significativo si cabe y de lo que todavía no he hablado, pero eso no significa que no me haya quedado estupefacto: el trabajo elaborado, dedicado y significativo de traducción presente en el necronomicón. Nunca había visto una dedicación igual, nada más y nada menos que seis traductores: Marcelo E. Mazzanti; Eva Martínez Cejudo; Noelia Pousada; Victor Manuel de Isusi; Mario Cornejo y Consuelo Gallego.






























